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  • Dr. Goodfellow

Solenoide, de Mircea Cărtărescu


Reseñar una obra como Solenoide, de ese loco de y por la literatura que es Mircea Cărtărescu, otro habitual en las quinielas del Nobel, está fuera de toda lógica, dados su calibre monumental e incluso extraterrenal; su afán por trascender sentidos y dimensiones conocidas; su carácter onírico o alucinado[1]; su extrema densidad; su estructura (o desestructura) laberíntica[2], que se construye a medida que sucede y se transcribe; su incursión en ramas del saber que se me escapan[3]. A mí y, supongo (espero, para no sentirme especialmente estúpida), a buena parte de sus lectores. En definitiva, por la dificultad que supone abarcar en unas pocas líneas una obra inabarcable que, como aquel Johnny Carter de Las armas secretas[4] persiguiendo una realidad más allá de lo real, trata de atrapar, entender y expresar, roza (de verdad que lo hace, como nunca, creo, nadie lo ha hecho) lo inaprensible, desde lo visible a lo invisible, desde lo sagrado a lo diabólico, desde la hipersuperficie 4-dimensional del teseracto a los organismos microscópicos que, en una escena delirante, intenta describir-traducir-trasponer el protagonista a un código inteligible desde dentro, transmutado en ácaro mismamente, en parásito que vive en una sociedad como cualquier otra. A eso se añade que, según explica el escritor Marius Chivu en el posfacio, la novela se comunica, conversa con el resto de la de por sí prolija obra del rumano a través de múltiples alusiones y referencias, por lo que, vuelvo a suponer, su lectura aislada deja algunos huecos que ahora mismo sería incapaz de completar, pues he de confesar que, si bien Solenoide me ha fascinado, al mismo tiempo me ha dejado derrotada, exhausta, abismada en una terrible angustia de no somos nada pero nada de nada, si acaso meros insectos (seguramente sarcoptos de la sarna); deseosa de recuperar la cordura (sin comentarios), de asomarme a otras ciudades más cordiales y transitables que no hayan sido ya fundadas con vocación de ruina como la Bucarest de la época comunista que se retrata aquí, entre muros desrevocados y paisajes pesadillescos. Un espacio que oculta en sus entrañas (lo subterráneo tiene un gran protagonismo, real y metafórico, por razones obvias) máquinas fantásticas (los solenoides que dan nombre al libro) capaces de levantar/hundir una ciudad entera en una catástrofe mucho más terrible y apocalíptica que el diluvio de Macondo.

Pero al grano.

Con una prosa ágil y un lenguaje rico y evocador, a la vez que asquerosamente gráfico y sórdido en ocasiones, en especial en sus múltiples referencias a lo corporal (se inicia la novela con la frase «He cogido piojos otra vez», por poner un ejemplo), Solenoide narra en primera persona la historia o historias de un escritor frustrado (es decisiva, en esa encrucijada que lo «libera» de convertirse en lo que ansía, la lectura y rechazo de su poema La caída ante un prestigioso cenáculo) que se limita a redactar un diario. Este diario-libro. En ese recorrido saltamos desde el presente de lo cotidiano (entre su casa y la escuela y poco más) a un pasado que podría explicar su escasa fe en el futuro. Así dicho, parece sencillo. Pero no lo es.

En fin, se me dirá que estos comentarios han sido algo desordenados, incluso enigmáticos, como fogonazos que me han ido viniendo; pero es que es imposible, como ya dije, referir cada uno de los descubrimientos de este libro monumental, kafkiano (más de una alusión al checo encontraremos en él), compulsivo y trágico (aunque hay escenas que me resultan rabiosamente cómicas, especialmente algunas de las relacionadas con los llamados «piquetistas» y todo lo que gira en torno al esperpéntico Borcescu), así como de ese personaje sin nombre que busca, desde una rutina que bien puede ser la de cualquiera de nosotros (un profesor de una escuela pública aterrorizado ante sus propios alumnos, con más traumas infantiles que una obra de Esquilo, con muchos misterios y anomalías sin resolver en su oscura biografía[5]), la luz, el sentido de la vida y del sufrimiento, la existencia de Dios o algún ser superior que se le parezca y nos explique, la liberación del cuerpo (esa cárcel), una fórmula para atravesar los límites, para averiguar la clave que, cuando parece que está a punto de revelarse, se escapa. O, en su defecto, la huida, una puerta de salida hacia dónde.

He de decir, sin embargo, porque con todo esto no sé si estoy animando o desanimando a la lectura, que es un libro sorprendente, en el sentido real de «sorprendente» en sus dos acepciones. Que te aguarda en cada línea algo absolutamente desusado que no esperas, y que, a pesar de ese angustioso existencialismo que emana de cada página, hay también un mensaje de esperanza del que prefiero no hablar pero que, simplemente, tiene que ver con la elección por la vida, que ya es mucho, por no decir que lo es todo. Especialmente en un escritor que no sabemos si realmente vive o solo escribe, dado el volumen de su obra y la salvaje riqueza que esconde y que evidencia.


Elena Marqués

[1] En un artículo de La vanguardia leo (son palabras del autor): «Cuando escribo lo hago en un estado de trance». Y yo no lo pongo en duda. Y más adelante (y tampoco lo pongo en duda): «Cuando escribo, otra persona se calza mi piel, se mete dentro de mí y me posee. Es un animal que se apodera de mí y no tiene límite y siente que puede hacer todo lo que quiera. Yo soy una persona más suave, más calmada, pero el animal que escribe es salvaje». [2] La mayoría de los espacios que describe lo son: la escuela, su propia casa con forma de barco, la antigua fábrica donde se cuela con el profesor de Matemáticas, la ciudad inabarcable. Y no solo son complejos dédalos piranesianos, sino también infinitos y cambiantes. Todo muy tranquilizador. [3] Entre ellas, la física cuántica y los mundos o vidas paralelas. Y no precisamente las de Plutarco. [4] Sí, ya sé que el mismo Cărtărescu odia que lo vinculen a Cortázar y a Borges, pero nadie puede negar el peso del Aleph, de los libros, las bibliotecas, la escritura —quién escribe a quién; qué es la realidad, si lo que pasa o lo que escribo—, los sueños y las permeables fronteras mundo/ficción en sus páginas. [5] Basta con nombrar la muerte de su hermano gemelo, e incluso la duda de su existencia; su vida «en femenino» hasta una determinada edad; su internamiento en un extraño centro para tuberculosos; las tropelías médicas a las que lo someten o cree que lo someten.

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