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  • Dr. Goodfellow

Sacrificios humanos, de María Fernanda Ampuero


Al escuchar la expresión «sacrificios humanos» uno podría pensar que estamos refiriéndonos a actos rituales de un pasado remotísimo, a cultos de civilizaciones oscuras, a ceremonias salvajes y pacificadoras al mismo tiempo. Nada de eso. Tal como afirma María Fernando Ampuero cada vez que tiene ocasión, en entrevistas y comentarios sobre su último libro de relatos, esas inmolaciones se siguen produciendo cada día: en la inmigrante que abandona su tierra y sabe que la esperan el desprecio y algo peor, en las mujeres que sufren en sus carnes la violencia, en los niños que no tienen posibilidad de defenderse, en quienes se guardan muy dentro las ganas de gritarle a su verdugo el pisoteo de su dignidad, en quienes sienten la marginación como una maldición bíblica y se regodean en los despojos de su impudicia. De esto se deduce, pues, que, aunque nos encontremos ante verdaderos cuentos de terror (junto a Mónica Ojeda, Ampuero es considerada como una de las mejores representantes del gótico andino), sus pérfidos protagonistas se alejan de los tradicionales torturadores del ultramundo, sayones monstruosos, seres fantásticos de aspecto aberrante (aunque algún ser mítico se cuela en forma de simbólico silbido), para presentársenos de una forma mucho más real pero no por ello menos terrible.

En efecto, si las víctimas en este libro siguen siendo los seres considerados más débiles e irrelevantes de la creación, los victimarios son hombres de carne y hueso que ejercen la violencia y el miedo con una habilidad implacable. Y con «hombres» esta vez no me refiero al género masculino, sino a seres de cualquier identidad que se ejercitan en la tortura y el sadismo con la misma sencillez con que otros mondan una naranja o pisotean una camada de gatitos con los zapatos ortopédicos. Como si despreciar a una niña algo más gruesa o menos agraciada no fuera para esa criatura un suplicio capaz de destruirla.

Todo esto podremos encontrarlo en los doce relatos de Sacrificios humanos, de la ecuatoriana María Fernanda Ampuero, publicados en Páginas de Espuma; editorial que ha encontrado en un nutrido grupo de escritoras hispanoamericanas un precioso filón de literatura de calidad y, a la vez, reivindicativa, comprometida, en la que no faltan referencias a huelgas descarnadas y luchas xenófobas y a mera corrupción y abuso de poder (léase «Creyentes»), en la que menudean los grandes problemas de nuestro mundo. Literatura con los ojos abiertos a una realidad compleja, agresiva, ante la que ellas no se sienten impasibles, a la que necesitan poner voz para ordenar, de algún modo, el caos en que se ha convertido nuestro día a día, al que precisamente, por sernos cotidiano, asistimos indiferentes, nos pasa desapercibido, describimos en términos de normalidad.

Desde el arranque, con el cuento «Biografía», protagonizado por una mujer que deja su tierra para sobrevivir expuesta a los peores peligros más por el peso de su sexo que por su condición de extranjera, que también, las narraciones de Ampuero se muestran oscuras. No en el sentido de que su interpretación sea complicada, pues todo nos queda terriblemente claro, incluso en el caso en que adopta un punto de vista infantil, deformado por la inocencia o el desconocimiento o la falta de capacidad para interpretar ciertos asuntos (todos, menos la voz narrativa, entendemos qué significa «Los Creyentes, me dijo, trataban muy bien a los niños, los metían a sus camas, les tomaban fotos, los abrazaban»), sino por el hecho de que se desarrollan generalmente en ámbitos tenebrosos, sucios, malolientes, deformes, y entre gente que tan pronto abusa de niños como se desentiende de ellos. La atmósfera de amenaza continua se logra con un lenguaje gráfico, cargado de imágenes («En el estómago tenía encendida una bujía de terror»), de símiles brutales, de paralelismos sintácticos que nos golpean con una insistencia desquiciante. Sus hábiles descripciones tocan cada uno de nuestros sentidos: la vista y el olfato («La casa por dentro era oscura y olía a comida vieja, a algo con col que se cocinó hace mucho y se fermentó, a ventilación pobre, a desaseo, a vicio»), el oído («Su voz sin inflexiones, plana como un conjuro, sonaba como lijar madera»), el tacto («les agarró los brazos con tal fuerza que les dejó unas marcas moradas por varias semanas»), el gusto («El humito salado de su aliento me gustaba más que los caramelos»). Su manera de introducir pensamientos y diálogos dentro de la misma narración, con palabras que de algún modo definen temperamentos, estatus y culturas, producen una suerte de vértigo, acentuado por las frases breves lanzadas como una piedra a la oscuridad de la noche y apenas matizadas por fugaces pinceladas de lirismo en medio de la barbarie.

Hay imágenes atroces, dibujadas con mucho detalle, en las que no nos ahorra Ampuero ningún pormenor, todas ellas encaminadas a remover más que a conmover, a ahondar en personalidades perversas, doloridas, traumatizadas por una niñez de palizas e impresiones fuertes que más semejan pesadillas que hechos reales. Tampoco faltan los protagonistas simples, con alguna minusvalía, de los que solo nos queda apiadarnos. También ellos quedan perfectamente definidos, en estos casos, sobre todo, por la fórmula de la elipsis y la sugerencia (de Marisol se nos cuenta, por ejemplo, que «Tampoco era tan grave tener la lengua un poco afuera o reír demasiado alto o contestar cualquier cosa o aplaudir a los aviones»), quién sabe si por una especie de pudor, por una manifestación de lástima. Aunque leyendo, por ejemplo, el cuento «Elegidas» observamos de todo menos eufemismos y decoro.

No, definitivamente María Fernanda Ampuero no tiene pelos en la lengua, sino una voz potente y atrevida que se explaya en una forma de narrar directa y feroz. Una rabia traducida en palabras que nos enfrenta al horror de estar vivos pero amenazados por la violencia, timbrados con la marca del miedo. Dispuestos para el ara del sacrificio ante un dios inhumano de tan humano.


Elena Marqués

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