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  • Foto del escritorDr. Goodfellow

Por favor, miren hacia abajo

Actualizado: 30 nov 2023



En nuestro país la cultura literaria se sustenta enla base de la pirámide, donde están las pequeñas editoriales, las librerías, las bibliotecas y

el público lector, que no se deja engatusar por las fajas ni por las cifras de venta


Acaba de ganar el Premio Ciudad de Málaga de Novela Mario Cuenca Sandoval, así que los que se quejan porque últimamente las mujeres copan los grandes galardones pueden ahora escupir hacia otro lado. O decir que se lo han dado a un hombre para disimular. En fin, alguno habrá.

A menudo se olvida que detrás delos premios hay editoriales de mayor o menor tamaño, con sus cuentos y sus cuentas, sus informes de tendencias lectoras actuales por sectores de población, sus cartas astrales o yo qué sé. Sus cábalas, como decía mi madre temblando cuando se acercaba el finde cada mes. Porque al final todo hay que reducirlo a números, a cifras de ventas. Esto no significa que la obra premiada carezca de calidad, sino que se ajusta a una serie de criterios, muchos de ellos subjetivos, que la convierten, en opinión del jurado y la editorial que la va a publicar, en una buena apuesta. En todo concurso hay un componente de suerte y oportunidad que no puede ser despreciado. Todo ganador o ganadora tiene que asumirlo, como debe asumir la sospecha que se cierne sobre los galardones más relevan


tes en nuestro país.

El fraude en los concursos, salvo excepciones, forma parte de nuestra tradición literaria. Por eso llama la atención que un crítico que publica sus análisis nada más y nada menos que en Babelia, el suplemento cultural de El País, venga ahora a decirnos «¡Qué vergüenza! ¡Aquí se juega!», como exclama el gendarme corrupto y ludópata de Casablanca; escena mítica por su cinismo que, al hilo de la crítica de Jordi Gracia a Las hijas de la criada, de Sonsoles Ónega, flamante premio Planeta, nos recordó a los Goodfellows con mucha guasa el cinéfilo militante Manuel Valderrama.

Aun así, hay premios con fama de ser limpios, honestos, entre los autores y autoras. Concursos en los que mandas tu trabajo con la esperanza de que tu bola entre en el bombo en igualdad de condiciones que las demás. Por lo menos a priori. Uno de estos premios es el Tusquets, que este año ha ganado la se


villana Silvia Hidalgo con su novela Nada que decir, como en 2016 lo ganó otro autor de la tierra, Daniel Ruiz, con su magnífica obra La gran ola.

El problema es la opacidad. Los premios se convocan y, una vez fallados, lo más que se da a conocer sobre ellos es la composición del jurado, el número de obras participantes o, si acaso, el título de las obras finalistas. Al ser premios que se conceden a títulos inéditos, no editados aún, ni el público ni la crítica podrán comparary emitir su propio juicio de valor con respecto a la obra ganadora.

Angelina, mi pareja, cuando hablamos de corrupción, ya sea en el ámbito que sea, siempre habla del pastelito, ese objeto de deseo que, al conseguirlo, te da acceso al poder, a la popularidad, al dinero, al reconocimiento, a sabiendas de que puede llevarte a charcas en las que no pararás de chapotear en mierda. Pero ¿cómo resistirse? El que cae siempre piensa que no hace daño a nadie, si es que piensa por un segundo en el mal que pueda infligir a la sociedad. Pero, en el caso de la literatura, no hay ni siquiera drama moral que coloque al protagonista en la tesitura de elegir entre el beneficio individual y el colectivo.

Por ahí arriba, en las alturas, en esas editoriales que


llamamos editoriales de primera fila, a menudo intentar encontrar amor a la literatura, o siquiera una mijita de respeto, es un acto tan ingenuo como esperar apariciones marianas entre los muros del Vaticano.

Y, en todo caso, ¿qué perjuicios podría ocasionar una novela nefasta, escrita con los pies, premiada con un millón de euros a la sociedad? ¿Qué mal hace a la cultura española que su mayor premio literario, mejor dotado económicamente que el Premio Nobel, sea una estafa que, con la misma liturgia y la connivencia de los mismos actores, se repite invariable año tras año? El Planeta sí que es una broma infinita y no la de Foster Wallace.

Hace unos días leí que una pequeña editorial llamada De Conatus tenía los derechos de autor de algunas de las obras del último premio Nobel, el noruego Jon Fosse. Un escritor totalmente desconocido para el público español en general, como demuestra el hecho de que De Conatus solo vendiese unos quinientos ejemplares de las obras que publicó de dicho autor. Ahora no sé si se los quitan de las manos, pero por lo pronto han negociado con Seix Barral la explotación de esos derechos en España y Latinoamérica. Y el otro gran grupo editorial, Penguin Random House, ha corrido como loco para hacerse con su parte del pastel.

En todo catálogo, sea la editorial del tamaño que sea, hay obras buenas, malas y regulares, pero desde aquí les pido que MIREN A LAS QUE ESTÁN ABAJO EN LA TABLA, a las que, para bien y para mal, no tienen al de finanzas a los mandos y se esfuerzan por dar a conocer autoras y autores que tal vez no sean tan rentables ni tan premiados, pero tienen algo que decir que quizás les sorprenda por su capacidad para emocionarles, hacerles pensar o mostrarles la complejidad del mundo. Porque creo que una mala novela no mata a nadie, pero una buena novela puede cambiarle la vida, e incluso salvársela.

Algunos de esos autores y autoras, entre los que me encuentro, son del barrio, de la calle de atrás, con una trayectoria modesta, pero otros no, como es el caso del ya mencionado Jon Fosse, o del prestigioso poeta alemán, de origen andaluz, José F. A. Oliver, director del Pen Club de Alemania que en su día presidió otro Nobel, Gunter Grass, y que hasta este 2023 no había visto por fin su obra traducida a nuestro idioma, al idioma de su madre, gracias al trabajo y la resistencia de una editorial hecha a pulso como es la sevillana Libros de la Herida.

En nuestra ciudad, por suerte, desde hace años hay muchas editoriales que, a pesar de los pesares, siguen en pie ofreciéndonos verdaderas joyas, como son Maclein y Parker, El Paseo, Extravertida o Barret. En todas las provincias pueden encontrar ejemplo parecido. Así que, por favor, busquen en sus catálogos, elijan y acérquense a su librería más cercana, porque, créanme, la cultura en España se hace ahí abajo, en la base de la pirámide.

Aurora Delgado





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