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  • Dr. Goodfellow

Madres e hijos, de Theodor Kallifatides


Desde que en pleno confinamiento pandémico descubrí al autor de Molaoi he intentado leer todo lo que de él hay vertido al español. Las excelentes traducciones corren, en su mayor parte, a cargo de la eslavista mejicana Selma Ancira, a la que me gustaría reconocer en estas líneas, pues gracias a su inmejorable trabajo podemos emocionarnos con las palabras del anciano escritor, el eterno migrante, el extranjero en su propia tierra. Esa vivencia de situarse al margen es algo que, creo, lo define, más que ningún otro sentimiento. Aparte del amor que manifiesta, en esta ocasión por sus progenitores, a los que conocemos por lo que él nos cuenta, en el caso de Antonía, y a través de un texto escrito por el propio Dimitri Kallifatides, padre del autor.


Ya dije en una ocasión que resulta difícil poner una etiqueta a los libros de este griego afincado en Suecia. ¿Son diarios? ¿Autobiografía? ¿Autoficción? ¿Literatura confesional? Desde luego no creo que puedan considerarse novelas las obras que han caído en mis manos, centradas en la reconstrucción de su vida y su pasado, si bien, como todo lo que llega desde los laberintos del recuerdo (aunque «de vez en cuando tengo la impresión de que no somos nosotros quienes elegimos nuestros recuerdos, sino que son ellos los que nos eligen»), ha de tener sus medidas dosis de ficción, pues, por muy buena memoria que tenga el sujeto que transcribe, esta siempre termina engañándonos.


También creo que he comentado, no solo refiriéndome a Kallifatides, sino que me pasa con otros autores a los que leo y adoro, que no soy del todo objetiva con él. Últimamente siento una atracción fatal por Grecia, como si, cual sirena homérica, me estuviera llamando. Como si necesitara conocer de dónde venimos. Porque el Mediterráneo no es solo la cuna de ese viejecito que asoma serio en la solapa del libro, sino la de todos nosotros. «Siempre es muy conmovedor encontrarte, cuando menos te lo esperas, frente a los recuerdos de la humanidad», dice, y así es como yo percibo también la tierra de Aristóteles. Igual es que mi nombre me empuja a ello con mayor fuerza que eso que llamamos destino.


Madres e hijos cuenta un viaje que emprende el autor a Atenas para visitar a su madre. Un viaje antiguo, cuando el escritor tenía 68 años y la anciana, 92. Aunque imagino que todos los que hizo desde el país de acogida a su patria pueden parecerse bastante entre sí. Durante esa estancia alterna su relajada vida, de paseos, cafés en el balcón y conversaciones con su familia helena (la sueca esta vez no lo acompaña), con la lectura de un texto que le dejó su padre poco antes de morir. Es un documento extenso (lo identificamos fácilmente por la letra cursiva), a través del cual conocemos los orígenes humildes de Dimitri Kallifatides, la desgracia de la muerte de su primera esposa, su terrible experiencia de la guerra, las obligadas y prolongadas separaciones de su familia; pero también su trabajo por la educación (era maestro rural) y el bienestar de la comunidad. Todo ello, además, contado sin dramatismo, lo que provoca aún mayor admiración del escritor por su padre, que aún guardaba para él (eso es así en todos los casos) muchos secretos. A mí me emociona hasta el nudo en la garganta la frase con la que lo define Stelios, uno de los hermanos del escritor: «Nuestro hermano mayor heredó la ética de papá, yo su mirada y tú su amor por el conocimiento. Tres como nosotros hacen uno como él».


Por otra parte, como testimonio de un trepidante momento histórico como fue la primera mitad del siglo xx, la biografía del padre ya es en sí digna de atención, como lo fue también para mí El asedio de Troya, en el que una joven maestra entretiene a sus alumnos, para que olviden por un momento los bombardeos alemanes, con la narración de La Ilíada (el mito, siempre el mito, esencial para Kallifatides y para toda Grecia), como si las guerras no acabaran nunca y definieran la esencia de la humanidad. Pero lo que siempre a mí me conmueve de este autor es su increíble ternura, su autenticidad, la verdad y sinceridad que transmite. Y la forma tan sencilla de contar lo cotidiano, lo que demuestra una vez más que todo es susceptible de convertirse en una novela, o lo que quiera que sea esto, y que de la literatura a veces se puede desprender vida con mayúsculas.


Porque lo que transita por estas escasas páginas es eso: vida en estado puro. Asistimos a conversaciones normales entre una madre y un hijo, a bromas entre hermanos. Conocemos los platos preferidos del escritor, la geografía maltrecha de una Atenas decadente cuyo recuerdo va desapareciendo antes sus ojos (las casas de sus amigos de la infancia ya no existen), el ajetreo de los mercados, los amorosos rituales del café (¿herencia turca? Chi lo sa). Esas pequeñas cosas que componen el día a día y que, cuando estamos llegando al final del camino, descubrimos como las más valiosas. «Perdemos lo significativo para ganar lo insignificante», dice. Muchas veces lo pensamos también nosotros, pero seguimos en las mismas.


Por supuesto, y como filóloga algo fanática que soy, me vuelven a emocionar sus palabras en relación a la lengua como patria («Si hay algo absolutamente auténtico en el interior del hombre, eso es su lengua, el primer mito»), cuyo redescubrimiento en Otra vida por vivir me hizo literalmente llorar. «La lengua griega, que es más grande que el mundo». Jamás le llevaría en eso la contraria.


En fin, que es un libro hermosísimo que recomiendo con el entusiasmo que me caracteriza. Un libro que desprende sabiduría, amor, calidez y vida. Por eso, como cierre de esta reseña y para apoyar lo que acabo de afirmar, me gustaría dejaros esta última cita: «Los vemos, a la literatura y al arte, como adornos o como si describieran nuestra vida cuando en realidad la crean».


Yo, que normalmente prefiero moverme entre los libros antes que en el exterior, que miro a veces la naturaleza como un cuadro y disfruto más en un museo que haciendo senderismo (no me juzguéis), solo puedo confirmar que en este caso es una verdad como un templo. Parece que, al escribir, Theodor Kallifatides crea el mundo que quiere recordar y de esa manera consigue su deseo: «Quiero recordar sin recordar. Quiero ser mis recuerdos».


Elena Marqués

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