Buscar
  • Dr. Goodfellow

LAMENTO LO OCURRIDO de Richard Ford



Pongámonos serios por una vez. Reseñar a Richard Ford lo merece. Y más cuando se trata de un libro publicado primero en español, según lo ha querido el autor, para celebrar así, con ese particular y preciosísimo regalo, los cincuenta años de la editorial Anagrama. Me estoy refiriendo a Lamento lo ocurrido; un conjunto de diez relatos donde vuelve a reflejar distintas escenas de la vida estadounidense, con sus claroscuros, sus peculiaridades y sus miserias, a través de unos personajes que retratan un tiempo y un espacio determinados; pero que, a la vez, al mostrar, a través de ellos, de sus reacciones, sus búsquedas y sus preguntas, de sus inseguridades, sus errores y sus penas, lo caótico e imprevisible del ser humano, se revisten de indudable trascendencia universal.


Centrándose en esa desencantada clase media que poco tiene que ver con el cacareado sueño americano (de un personaje muy secundario, aunque puede afirmarse que todos lo son, se dice que «tenía veintiocho años y ya era una abogada infeliz en Chicago»), y conducido por su extraordinaria capacidad de observación y un evidente sentido crítico, en Lamento lo ocurrido Ford presenta distintas escenas aparentemente triviales en las que no faltan elementos autobiográficos (comparte orfandad y vivencias con Henry Harding, por ejemplo), lo que dota a sus relatos de una verosimilitud y autenticidad innegables. Su mayor acierto deriva de no interpretar ni juzgar ninguno de esos cuadros que se exponen a nuestros ojos, ni hacer literatura con ellos. Entiéndaseme bien. Estoy hablando de su intención de suprimir todo artificio de ficción para limitarse a describirnos un fragmento de vida (lo fragmentario es consecuencia y síntoma de la posmodernidad) que la mayoría de las veces no concluye en nada concreto. Como la existencia misma, como un viaje cuyo destino se desconoce. No en vano en muchos de estos relatos los personajes se trasladan de un punto a otro (léase «Una travesía») y Richard Ford se limita a contarnos ese pequeño periplo nada épico. Quizás por ello destaque en el último de los relatos la famosa cita de La señora Dalloway «siempre tuvo la impresión de que era muy muy peligroso vivir, aunque solo fuese un día», pues hasta una sola jornada puede despertar nuestro interés literario. Piénsese que en veinticuatro horas se desarrollan esta novela de Virginia Woolf y el Ulises de Joyce.


Los relatos de Lamento lo ocurrido se sitúan, en buena parte, en la Nueva Orleáns devastada por el Katrina, y está poblada de irlandeses americanizados (basta comprobar la lista de apellidos), o no tanto. De este punto común brota la conciencia de que los Estados Unidos no deja de ser un crisol de culturas y un lugar de paso, como los inquilinos de la casa MARQUE de uno de los relatos. Normalmente se desarrollan en torno a dos personajes. Así, en el que abre el libro, «Nada que declarar», dos antiguos novios se reconocen al cabo de muchos años y se limitan a dar un paseo junto al río; en el que cierra el libro, «Perder los papeles», un matrimonio pasa los veranos en una casa junto a la playa incluso tras la muerte de uno de sus componentes. En «En coche» ni siquiera aparecen los protagonistas del relato juntos en el presente de la narración, pues trata del viaje de Delores McGuiness para reencontrarse con una antigua pareja que está a punto de fallecer. Porque, si bien hay muchos encuentros y reencuentros en estos relatos (el de un padre y un hijo en «De incógnito», el de dos amantes en «No es mucho pedir», el de un americano en París en «Jimmy Green»), también se producen desencuentros y despedidas (en un adiós infantil se centra «Rumbos a Kenosha»), y se dibujan relaciones rotas (deambulan varios divorciados por estas páginas), matrimonios truncados por la enfermedad y el suicidio; y la conciencia de que el pasado es irrecuperable y que, por ello, ni siquiera merece la pena recordarlo. Es la actitud de Sandy frente a la reencontrada Barbara en «Nada que declarar»; o la de Tommy en «Feliz», del que se dice que «era su manera de hacer las cosas. Nunca volver demasiado la vista atrás». Al fin y al cabo, «no importa lo específica que parezca la vida en tu día a día. Todo podría haber sido de otra manera» y quizás sea cierto que «las buenas elecciones no suelen da lugar a buenas historias». Estas historias, desde luego, son buenas, y no hay en ellas nada que deje traslucir una buena elección. Ni tan siquiera una historia.

Por ello puede decirse que la soledad se erige en un personaje más; un tema trillado donde los haya que en sus manos toma un nuevo cariz, pues no existe ni tono lastimero ni exceso de sensiblería, sino todo lo contrario; más bien cierta aceptación (como si los sentimientos de pérdida fueran naturales) que se refleja en frases como «¿acaso al final las cosas no se simplifican para que resulten soportables… y a veces incluso mejores? Esa idea podía ser la fórmula para hacer solo lo que quieres, que nada signifique nunca gran cosa».

Puede decirse que el narrador permanece ajeno a esas historias y son ellas las que se narran a sí mismas, de una manera sencilla, con los procedimientos de elegante sobriedad y contención que caracterizan a su autor, en los que se descubre la estela de Carver, una de sus mayores influencias por lectura y amistad. El diálogo, siempre fluido y equilibrado, caracteriza fielmente a los personajes. También la narración que lo rodea se tiñe, en cierta manera, del tono que le confiere su protagonista. De hecho, la sintaxis del relato «Desplazado» adquiere la frágil simplicidad de su inocente y jovencísimo protagonista, mientras en «Feliz», que reúne a unos cuantos amigos artistas, consigue la atmósfera más sucia y contradictoria de un pasado algo turbio que se nos oculta.

Concluyo con el final del primero de los cuentos, pues creo que resume el concepto fordiano de qué debe contar la literatura, a qué personajes, más bien personas, debe representar, que no son sino aquellos individuos normales y corrientes a los que sus textos van dirigidos: «Tal como su padre había sabido y dicho, tenemos poco de lo que enorgullecernos. Cosa que no hablaba a favor ni en contra de nadie, sino que simplemente le permitiría acometer esa velada, y las incontables veladas que quedaban».


Elena Marqués

61 vistas

©2019 by Dr. Goodfellow. Proudly created with Wix.com