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  • Dr. Goodfellow

Ladrones de libros


Conozco a una escritora a la que no le gusta que le presten libros. Confiesa que, si la lectura ha sido placentera, siente una tentación irrefrenable de no restituir el préstamo, con lo que su biblioteca ganaría un ejemplar, pero ella se arriesgaría a perder un amigo. Por igual motivo, pero a la inversa, a mi mujer no le gusta prestarlos. Algo perfectamente comprensible teniendo en cuenta que, en este caso, la pérdida sería doble. Y es que la «distracción» de ejemplares es una práctica mucho más antigua y sofisticada que la piratería digital.

Autores consagrados, como Roberto Bolaño, Rodrigo Fresán o Chuck Palahniuk, han reconocido públicamente haber hurtado libros en su juventud, llevados por un afán enfermizo de poseer ese objeto de deseo inalcanzable para sus menguadas economías de aspirantes a escritor. Más extraño resulta el caso de Abbie Hoffman, activista social y ejemplo de la contracultura jipi estadounidense de la década de los setenta del pasado siglo, que invitaba a sus lectores desde el título de su obra, Roba este libro, a abrazar la cleptobibliomanía. No sabemos si para él fue un éxito o un fracaso que en poco más de medio año se vendieran (no se robaran) más de doscientas cincuenta mil copias de este manual en el que desvelaba a los jóvenes de su tiempo diversos modos de lucha contra el Gobierno y las empresas, además de darles sabios consejos sobre actividades tan dispares y prácticas como el cultivo de marihuana o la creación de cadenas de radio pirata.

En cualquier caso, siendo la de robar libros una costumbre tan arraigada, no debería sorprendernos que poco antes de la publicación del curioso libro del señor Hoffman, durante los años cincuenta y sesenta, la Biblioteca Pública de Nueva York, sita en la intersección entre la Quinta Avenida y la calle 42 Oeste, tuviera en plantilla a siete detectives de sombrero y gabardina encargados de recuperar los ejemplares que sus usuarios olvidaban restituir. Los libros no devueltos alcanzaban la nada despreciable cifra de quinientos títulos por cada trece mil préstamos. Junto a los incumplimientos por despiste, el grupo de sabuesos literarios, dirigido por el veterano detective John T. Murphy, se encargaba de seguir el rastro de un buen número de carnés de biblioteca falsos pertenecientes a supuestos lectores que revendían los libros a tiendas de segunda mano a cambio del dinero justo para una dosis. De haber leído todo lo que sacaba de la librería, alguno de estos ladrones de libros podría haberse ganado el título de drogadocto. Por supuesto, hubo algún caso en el que los libros desaparecidos nunca pudieron recuperarse, como los siete volúmenes dedicados a los viajes espaciales que sacó en préstamo Julian A. Frank. Es muy probable que acabaran volatilizados junto a él mismo y a los setenta pasajeros del avión que este aficionado a la aeronáutica hizo estallar sobre los cielos de Carolina del Norte. Sí que pudieron recuperarse las mil doscientas novelas románticas que una vecina de Brooklyn atesoraba en su domicilio gracias a un listado de seudónimos que nada tenía que envidiar al juego de heterónimos del mismísimo Fernando Pessoa. Bien pudiera pensarse en ella como la cleptómana más leída de Estados Unidos de no ser por el último protagonista de este artículo.

Stephen Blumberg fue detenido el 20 de marzo de 1990 en su domicilio, una casa de estilo victoriano erigida frente al río Des Moines, en Ottumwa, un pequeño pueblo al sur del estado de Iowa, tras haber saqueado las bibliotecas de las universidades y museos de cuarenta y cinco estados. El valor del botín acumulado ascendía a una cantidad cercana a los veinte millones de dólares. Fue capaz de reunir una curiosa colección personal de 26.600 libros raros y valiosos a base de «liberar» ejemplares de las «cárceles de la información», término que él empleaba para referirse a las bibliotecas a las que esquilmaba con los más diversos modus operandi.

En Boston consiguió pasar una noche entera encerrado en la biblioteca tras ocultarse entre los estantes. De este modo, pudo tomar pruebas de las cerraduras de alta seguridad. Seguidamente viajó a Canadá, donde se hizo pasar por casero de condominios para así sacar copias de las llaves en una fábrica de cerraduras inviolables. Ladrón metódico y paciente, podía pasar semanas enteras visitando una biblioteca, estudiando los sistemas de alarma, las rutinas, anotando los cambios de guardia y los movimientos de los vigilantes, para después introducirse en los conductos de ventilación o entrar por una ventana usando un cortador de vidrio. Una vez robó un código azteca gracias a una gabardina que se mandó a confeccionar, especialmente diseñada con bolsillos para libros de gran formato. Su objetivo era hacerse con una colección de Historia Americana, que organizaba por bloques territoriales. Leía y releía los ejemplares y no tenía el más mínimo pudor en anotar comentarios al margen, corrigiendo errores gramaticales, imprecisiones o contradicciones históricas.

Tras su arresto, fue condenado a seis años de cárcel y una multa de doscientos mil dólares. Nada más salir de prisión retomó su vieja actividad, por lo que tuvo que ser encarcelado de nuevo.

Hoy, todo esto parece cosa del pasado. En el futuro, gracias a la recién estrenada era digital, con sus descargas legales, ilegales y alegales, su piratería y sus archivos compartidos, parece que estas viejas historias de cleptobibliomanía pueden acabar pasando a mejor vida. Sea como fuere, por el momento, mi amiga seguirá optando por comprar los libros en lugar de pedirlos prestados; y mi mujer preferirá regalarlos a prestarlos, aprovechando cumpleaños, celebraciones varias y fiestas de guardar. Y, lo que es más importante, los ladrones de libros seguirán regalándonos historias llenas de magia para goce y disfrute de mis veleidades articulistas.



Manuel Valderrama Donaire

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