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  • Dr. Goodfellow

JOYCE, DE PERDIDOS, AL LIFFEY de Zarabel Santos-Rodríguez

Uno encuentra el apellido Joyce en la cubierta de un libro y, automáticamente, se echa a temblar. Sabe que va a enfrentarse a una lectura incómoda, a un gran experimento formal en cada capítulo (que si uno construido a base de preguntas y respuestas como un catecismo, que si otro con aires de obra teatral, que si aquel siguiendo estructuras musicales más que literarias, que si el famoso stream of conciousness…); y que, para su entendimiento, tendrá que tirar de erudición, de infinitas referencias para las que lo que solemos denominar «cultura general» se nos quedaría un poco corta, así que serán muchas las veces que nos tentará la idea de dejarlo por imposible.


No voy a decir aquí que tras leer el ensayo de Zarabel Santos-Rodríguez pasemos por los textos de Joyce con la facilidad con que se desliza uno por un libro de Ken Follet; pero sí es cierto que, gracias a su entusiasmo, a la pasión que la autora de este peculiar tratado manifiesta por el padre del Ulises, un entusiasmo y una pasión que acaba contagiándonos gracias a la cercanía de su lenguaje y a su constante humor, nos animará a acercarnos a uno de los libros fundamentales de la literatura universal, que ya es bastante. Y, por supuesto, a querer un poco más a ese genial personaje con gafas y bastón que se ha convertido en símbolo de Dublín.


Tras el sugestivo prólogo de Ramón Espejo Romero que nos recuerda que la literatura, como la vida, como el hombre, no siempre es fácil, pero que incluso la del insulso Leopold Bloom deambulando un 16 de junio de 1904 por la ciudad irlandesa tiene interés y merece ser contada; que 24 horas en la banal existencia de un sujeto bien vale que le dediquemos semanas de intensa concentración, Zarabel Santos-Rodríguez, interpelándonos cada cierto tiempo para que no nos durmamos en los laureles (como si eso fuera posible), nos ofrece algunas claves de lectura centrándose en varios aspectos de la biografía de James Joyce que en mayor o menor medida se transparentan en su creación, desde su infancia en una familia humilde marcada por el alcoholismo paterno, pasando por su relación con la religión (muy presente en el Ulises, especialmente en los capítulos 13 y el 17), y con la tradición y la cultura de su país (se explica también aquí su afección/desafección por la política y el nacionalismo irlandés), hasta su vida amorosa con Molly-Nora. Y, por supuesto, sin obviar como hilo conductor la crítica a la sociedad y al agitado momento que le tocó vivir, donde a dos guerras mundiales se suman enfrentamientos fratricidas de origen remoto, un clima de opresión bajo la sombra de Inglaterra, el exilio, y la enconada persecución a su obra, tanto por considerarla obscena y pornográfica (imagínese no solo la moral católica irlandesa ante ella, sino la no menos estricta y puritana estadounidense, FBI y Edgar Hoover por medio, que, adelantándose a Celaya, considera el arte una poderosa arma) como porque en su opacidad solo podía interpretarse como un gran mensaje cifrado. O sea, que el pobre Joyce fue considerado un espía. Esto es lo mejor que he leído en meses. No digo yo que no se especializara en la provocación y la parodia, lo que le dificultó bastante la publicación de sus escritos (aunque tuvo más de un ángel de la guarda, eminentemente femenino, que consiguió llevarlo a la imprenta. Y no, por cierto, Virginia Woolf, que compartía con él técnicas narrativas y poseía una editorial. Hay que ser malaje); pero parece que sus intereses se ceñían básicamente a la literatura y al alcohol antes que a la política.


Por supuesto, en un ensayo sobre Joyce no puede faltar una sección dedicada a las influencias literarias que se detectan en él, desde Homero (el Ulises no deja de ser una Odisea doméstica en la que «el figura» mitológico que luchó en Troya se ve sustituido por un antihéroe vulgar, con el que podemos sentirnos más identificados) y Shakespeare a escritores como Goethe, Yeats, Milton, Dante, Mallarmé, Baudelaire, Kipling, Dickens y el mismo Cervantes. Se detiene también la autora en dirigir nuestra atención a la recreación de unos personajes que son, como quien dice, pintados del natural, que se corresponden con seres de carne y hueso perfectamente identificados, con nombres y apellidos que ni siquiera el irlandés se molesta en cambiar (otro motivo para la actuación de la censura), y de ahí su realismo (las mujeres de Joyce van al baño, menstrúan y acumulan gases. Ah, y tienen sueños y proyectos propios) y complejidad. De hecho, confirma Santos-Rodríguez que tanto Stephen Dedalus como Leopold Bloom son trasuntos del autor a distintas edades, de manera que el Ulises reproduce casi calcados algunos hitos biográficos y muchos rasgos de su carácter y de su vida, como, por ejemplo, el sentimiento de culpa permanente por no volver los ojos al catolicismo para dar gusto a la madre moribunda y el fantasma del hijo perdido. Porque, como ya anuncié, la autora de estas páginas nos acerca al padre del Ulises y nos lo muestra en su aspecto más humano y sentimental, preocupado por la familia, que, como buen católico de la isla esmeralda, ocupaba el centro de su vida.


Uno de los datos que yo desconocía es que el Ulises despertó tanta expectación (lo de la publicidad, aunque sea mala, se cumplió aquí, como en tantos casos) que se agotó nada más lanzarse. O sea, que Joyce fue uno de esos escasísimos escritores reconocido en vida. He dicho que fue reconocido, no que se hiciera millonario con la literatura, porque otra de las cualidades de Joyce era precisamente, además de su afición al vino y a la música (a esta última dedica la ensayista el capítulo VIII, y por su mediación conocemos al bardo Thomas Moore. Al menos yo), su inclinación por la buena cocina y la nula capacidad de ahorro, lo que lo llevó a desarrollar cierta pericia en el arte del gorroneo y no sé si, por la misma razón, a conceder a Bloom como amuleto un tosco tubérculo.


Por cierto, hace notar Santos-Rodríguez las referencias culinarias del Ulises y cómo, especialmente en el capítulo 8, podemos conocer lo que se saboreaba en el Dublín de la época; entre otras cosas, la famosa Guinness, faltaría más. También se encarga de resaltar los tintes sexuales que tenía para Joyce ese acto de la manduca, y a conducir nuestros pies hasta el plato fuerte del último capítulo del ensayo, que es precisamente el dedicado a la cuestión sexual en el Ulises, del que no quiero adelantar nada.

Así que, como puede el lector de esta reseña comprobar, no le falta un detalle al ensayo de Santos-Domínguez. Quizás solo que llegue a muchos, y, sobre todo, que a esos muchos se les abra el apetito y se inclinen por degustar uno de los mejores platos de la literatura universal con el tiempo y la dedicación que requiere. Solo así podrán saber lo que es bueno.


Elena Marqués




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