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  • Dr. Goodfellow

Humo, de José Ovejero


Ya lo he hecho otras veces. (Soy así de osada para ciertos asuntos, lo confieso.) Lanzarme a hablar de la última obra de un escritor de amplia trayectoria del que desconozco todo lo anterior. Dudo si eso me lleva a jugar con desventaja o lo contrario, a enfrentarme a ello con los ojos vírgenes y ninguna predisposición causada por la crítica. Sea como sea, no voy a privarme del pequeño placer de compartir, en nuestra consulta del doctor Goodfellow, la honda impresión que me ha causado este Humo de José Ovejero.


La cuestión es que, desde el enjambre de abejas con que se inicia el libro, me he sentido aguijoneada por saber qué ocurre con esos protagonistas innominados de los que lo ignoramos todo (su pasado se nos hurta, y no estamos seguros de que tengan porvenir, así que nos limitamos a vivir con ellos su día a día). Por averiguar cómo y por qué han llegado hasta allí, a esa situación precaria y en alerta continua. A esa cabaña ruinosa y solitaria en la que resisten y donde enfrentan situaciones límite que me han recordado (en general la atmósfera postapocalíptica, que es un término que da mucho miedo pero que últimamente nos ronda como si pudiera convertirse en realidad) a la brutal novela de Cormac McCarthy The road. Especialmente por ese recelo hacia el ser humano que flota como una pesadilla. Esas columnas de humo (¿las que dan título al libro, o ese humo alude a algo más?) que se alzan en el horizonte, allá donde se ubica una ciudad (¿signo de una civilización que desaparece?) que tampoco se nos muestra y que nos indican que algo terrible pasa, está pasando desde cuándo. (Eso sí que lo sabemos, que tanto la mujer como el niño llevan un tiempo indeterminado viviendo en esa alianza, en esa simbiosis que más o menos les funciona). Y porque, en contra de lo que pudiera parecer, esa lucha por la supervivencia en que se centra el relato no degrada ni animaliza a sus protagonistas (aunque el niño apenas habla, y le provoca a la narradora las ganas de acunarlo como «a ese pájaro recién caído del nido, a ese gato que regresa a casa tras sobrevivir a un chapuzón en el río helado, a ese perro que a pesar de todo se acerca a la persona que acaba de golpearlo»), sino que los envuelve (iba a decir devuelve, pero esa sería otra historia) en una extraordinaria dignidad. Incluso el «apareamiento» ¿obligado? con el hombre que los aprovisiona de vez en cuando descubre la piel y la caricia mucho más que algo sucio o perverso. («Hace unos segundos no estaba en ningún lugar y estaba en todos», resume la protagonista la experiencia sexual.)


Y es que la violencia de la narración, la dureza de esa voz y ese corazón que evitan el acto de conmoverse por descubrir en ello una debilidad que no pueden permitirse, de desenvuelven en un lenguaje hermosísimo que reseña con delicada minuciosidad, a través de sencillas pero eficaces comparaciones e inesperadas sinestesias, la naturaleza (igual que, por cierto, lo hace el niño, que la señala y nombra como en un nuevo acto de creación), los sonidos y olores, la pequeñez de las flores y las bayas silvestres, pero también el frío cuando se adentran en el invierno más áspero de todos los vividos hasta ahora; y que, de la misma manera, en momentos muy concretos, nos concede la descripción de algo bastante parecido a la felicidad, de lo que encontramos un estupendo ejemplo en las páginas 45-47. (Así lo señalo, pues, aunque se observa una división en capítulos, estos, creo que con intención, que también esa ausencia quiere significar algo en el desatino en el que se vive en el interior de la novela, no están numerados.)


No puedo negar que el libro nos asoma a un mundo muy cruel, donde están sucediendo cosas terribles, inimaginables (basta con pensar en qué piltrafa termina convirtiéndose aquel que los visitaba), pues feroces se muestran tanto la tierra, que parece agotada, incapaz de rendir más fruto («Se lo dije al hombre, que la tierra se había cansado de alimentarnos»: quien quiera ver en ello un grito ecologista libre es), como los escasos sujetos que aparecen, que son contrincantes más que camaradas. El individualismo, ese mal de hoy, se impone, como se imponen de igual manera el abandono (el peregrinaje por cabañas y cuevas muestra que todos los pobladores anteriores han desistido o huido o muerto), la falta de fe y la pérdida de esperanza, y de ahí que ese duplo, esa especie de familia tribal que se une para ayudarse y apoyarse (el hombre que viene de vez en cuando, como el que trabaja fuera o caza; la mujer que mantiene el hogar; el niño que juega y crece), nos conmueva de manera especial como signo de vida que se niega a dejar de serlo, que se resiste a desaparecer. (Así lo dice la protagonista: «Quiero sobrevivir, aunque sea hambrienta, dolorida, rabiosa».) Que, en definitiva, lucha más allá de sus fuerzas y de lo creíble, lo que los convierte en héroes anónimos, sujetos verdaderos de la Historia.


Por eso también el final resulta tan hermoso, por ambiguo y esperanzador (también en eso me ha recordado a McCarthy, y a otra novela que leí hace poco, La forastera, de Olga Merino, magnífica, por cierto; y a alguna película que no voy a nombrar porque no viene al caso), porque abre la puerta a un no-desenlace en el que todo puede pasar; porque deja a la protagonista en el camino (en The road, vuelvo a recordar), libre, sola y herida, pero viva. Con algo parecido a un futuro delante de sus ojos secos.


Elena Marqués



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