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  • Dr. Goodfellow

FAHRENHEIT 451


FAHRENHEIT 451

Making of


Cómo llegó a mis manos. Salí a la calle con la idea de acercarme a la biblioteca Alberto Lista. Quería devolver un préstamo. Bueno, en realidad, tres. El caso es que, como nunca conservo el ticket con la fecha límite de devolución, aquella mañana intuí que agotaba plazo y salí disparado hacia Socorro, luego Castellar y, finalmente, torcí a mano derecha, por calle Feria. Antes, iba a la biblioteca de San Julián, que también me coge cerca de casa, pero la bibliotecaria de Alberto Lista, ay, qué señora, se ha ido llevando el lector al agua. Y es que esa mujer tiene un encanto natural que subyuga. En primer lugar, porque habla con un tono de voz muy alto. Altísimo. Muy por encima de lo que uno siquiera puede imaginar para un tapicero ambulante. En segundo lugar, porque es una apasionada de la poesía y, si surge la conversación –y créanme, siempre surge-, ella te habla de los poemas de animales de Ted Hughs y de Wislawa y el resto de maravillosos poetas polacos. Y, en tercer lugar, porque a veces se hace la sueca cuando tu intuición te falla y devuelves los libros fuera de tiempo. Una mujer cordial, alegre y, sin duda, memorable.


Pues bien, la sorpresa fue que, en la calle Feria, estaba puesto el mercadillo del jueves. Coño, era jueves y yo no lo sabía. Así que aproveché para pasear entre sus tenderetes. Cuadros sin estucar, peonzas, orinales, walkmans rotos, tornillos, jarrones, viejos casetes, cargadores, libros y cualquier objeto susceptible de oxidarse. Fue allí donde encontré, en casi perfecto estado, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, en edición de Plaza y Janés, con Traducción de Alfredo Crespo. Aún conservaba la etiqueta del supermercado de origen: Continente. Precio: 875 pesetas.

- Un euro – me dijo el hombre. Y lo compré.


Cómo leí el libro. Leí por primera vez esta extraordinaria novela hace muchos años, creo que en los años de la universidad. No recuerdo exactamente si antes o después de haber visto su célebre adaptación cinematográfica. Por aquel entonces, yo tenía algunos vicios extraños y veía mucho cine francés. Básicamente, cintas de la nouvelle vague. Recuerdo que me gustaba Godard, Rohmer y, especialmente, Truffaut. No todas sus películas, por supuesto. Algunas eran insufribles. Pero otras sí dejaron huella. Recuerdo que aquella historia me gustó para no ser yo un lector de distopías. Para no seducirme mucho la ciencia ficción.


Con todo, nada que ver con la experiencia que he vivido al releerla. Y es que en esta segunda ocasión, la conexión ha sido de cortocircuito. La leí de un tirón. Y subrayé como hacía tiempo que no subrayaba un libro. Qué barbaridad. No me lo explico. Cómo se puede escribir una novela así de acertada en nueve días. Nueve. Esos fueron los días que, según cuenta el propio Bradbury (Waukegan, 22 de agosto de 1920-Los Ángeles, 5 de junio de 2012), en una máquina que alquiló por diez centavos la media hora a la Universidad de California, encerrado en el garaje de su casa para así no ser molestado por sus hijas, necesitó para terminar la primera versión. En poco más de una semana creó una historia fascinante. Y, de paso, hizo historia. Si no lo leo, no lo creo.


Cómo se hizo la reseña. Llevaba meses leyendo novelas demasiado posmodernas. De esas en las que para contar una historia aparecen tres, cuatro, diez narradores que a la vez dan voz a sus respectivos animales de compañía que a la vez dan voz a los pequeños bichos que viven en el interior de esos animales de compañía, y todo eso bien regado con saltos en el tiempo, saltos de fuerte y musculoso canguro australiano. Saltos hacia atrás. Hacia delante. Y atrás. Y adelante. O esa era la sensación que yo tenía. Por eso, me apeteció hablar sobre este libro de culto, maravillosamente bien escrito, cuyas reflexiones, apasionantes y acertadas, se me antojan tan actuales, a pesar de ser un libro escrito en 1953. Otra señal más de su grandeza.

Fahrenheit 451, como es bien conocido, ofrece la historia de un extraño y horroroso futuro. Montag, el protagonista, pertenece a una brigada de bomberos cuya misión, paradójicamente, no es la de sofocar incendios sino provocarlos, para quemar libros. Porque en el país de Montag está terminantemente leer. Porque leer obliga a pensar. Porque leer impide ser feliz, y el país de Montag hay que ser feliz a la fuerza. ¿Les suena?

Algunas de sus gloriosas balas:

A veces, me deslizo a hurtadillas y escucho en el «Metro». O en las cafeterías. Y, ¿sabe qué?

-¿Qué?

-La gente no habla de nada.

-¡Oh, de algo hablarán!

-No, de nada. Citan una serie de automóviles, de ropa o de piscinas y dicen que es estupendo. Pero todos dicen lo mismo y nadie tiene una idea original. Y en los cafés, la mayoría de las veces funcionan las máquinas de chistes, siempre los mismos, o la pared musical encendida y todas las combinaciones coloreadas suben y bajan, pero sólo se trata de colores y de dibujo abstracto.

*

- Los años de Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, casi completamente ignorados. La vida es inmediata, el empleo cuenta, el placer lo domina todo después del trabajo. ¿Por qué aprender algo, excepto apretar botones, enchufar conmutadores, encajar tornillos y tuercas?

*

Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de Estado o cuánto maíz produjo Iowa el año pasado. Atibórralo de datos no combustibles, lánzales encima tantos hechos que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como Filosofía o la Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino, se encuentra la melancolía.

*

Cualquier hombre que pueda desmontar un mural de televisión y volver a armarlo luego, y, en la actualidad, la mayoría de los hombres pueden hacerlo, es más feliz que cualquier otro que trate de medir, calibrar, y sopesar el universo, que no puede ser medido ni sopesado sin que un hombre se sienta bestial y solitario. Lo sé, lo he intentado.

*

Mi tío dice que los arquitectos prescindieron de los porches frontales porque estéticamente no resultaban. Pero mi tío dice que éste fue sólo un pretexto. El verdadero motivo, el motivo oculto, pudiera ser que no querían que la gente se sentara de esta manera, sin hacer nada, meciéndose y hablando. Éste era el aspecto malo de la vida social. La gente hablaba demasiado. Y tenía tiempo para pensar. Entonces, eliminaron los porches. Y también los jardines. Ya no más jardines donde poder acomodarse. Y fíjese en el mobiliario. Ya no hay mecedoras. Resultan demasiado cómodas. Lo que conviene es que la gente se levante y ande por ahí.

*

¿Se da cuenta, ahora, de por qué los libros son odiados y temidos? Muestran los poros del rostro de la vida. La gente comodona sólo desea caras de luna llena, sin poros, sin pelo, inexpresivas. Vivimos en una época en que las flores tratan de vivir de flores, en lugar de crecer gracias a la lluvia y al negro estiércol. Incluso los fuegos artificiales, pese a su belleza, proceden de la química de la tierra. Y, sin embargo, pensamos que podemos crecer alimentándonos con flores y fuegos artificiales, sin completar el ciclo, de regreso a la realidad.


En efecto, Bradbury, retrata aquí, de forma magistral, la oscuridad y las sombras de una sociedad sin libros. Un futuro peligroso. Un futuro, imaginado remoto que, sospechosamente, se parece mucho al presente. Digamos que el Dr. Goodfellow le recomienda esta novela, si usted quiere reconciliarse con la buena literatura y el placer de la lectura. Y, si lo leyó hace mucho, el Dr. Goodfellow le recomienda volver a él, como le recomendaría volver a Viaje al fin de la noche de Céline. Esto es, con los ojos cerrados y cada ocho horas. Mañana, tarde y noche.


Por Carlos Torrero

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