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  • Foto del escritorDr. Goodfellow

En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swann, de Marcel Proust


Hay libros que todo el mundo asegura haber leído, o que promete va a leer antes de perder la vista o la vida. Apenas hace dos lunes estuvimos hablando en nuestra tertulia sobre el Ulysses de Joyce (ese es uno de ellos), y salió a colación (bueno, propiciado porque yo la llevaba en el bolso) la obra magna de Marcel Proust. Alguien dijo que era demasiado pluff. Igual quería decir «plúmbea» y se quedó a medio camino porque solo de pensarlo se vino abajo. Me queda a mí reivindicarla, en unos tiempos en que se denuesta a los clásicos por ser demasiado clásicos, y protegerla de las críticas constantes a que se ve sometida. Porque está claro que esas obras míticas y mastodónticas reúnen a partes iguales entusiastas admiradores y detractores crudelísimos. A ver cómo se me da el asunto de sumarme a los primeros.


Antes que nada debería advertir, por si después de leer mis líneas alguien se lanza a los abismos normandos, que busquen una traducción mejor que la que yo he padecido. Abrí el volumen ilusionada, por firmarlo (es un decir) el ilustre y adorado poeta Pedro Salinas; pero, al igual que los madrileños abominan de la pronunciación de la ministra Montero, capaz de secear en una misma palabra, los oídos del sur soportan poco el laísmo y el leísmo del centro. Y a mí, lo confieso, esa vacilación de los pronombres me ha estropeado bastante mis viajes entre París y Combray.


También he de confesar que, después de tanto escuchar la anécdota sobre la magdalena mojada en té (lo cual me parece una aberración), la esperaba con un ansia exagerada, y el sabor del recuerdo me pasó un poco desapercibido. Posiblemente porque aún no había asimilado el paso que debía marcar entre las muchas páginas que aún me esperaban. Un paso, por cierto, que en mi caso sobrellevo bien, pues amo el párrafo largo y las oraciones interminables. De hecho, forma parte de mi estilo barroquizante, por más que sepa que lo que «se lleva» es el minimalismo. Pero, si tal profusión verbal se considera un defecto, en Proust la longitud de ese fraseo interminable ayuda a crear el clima necesario para que absorbamos, por todos los sentidos, el mundo por el que el joven narrador se desenvuelve; para convencernos de que el narrador-personaje nos abre la puerta a su pensamiento más directo, desordenado a veces, minuciosísimo siempre. Un pensamiento que fluye y acumula sensaciones como un pintor impresionista suma pinceladas luminosas sobre el lienzo.

¿Y qué pasa con el tiempo? Aparte de formar parte del título, Proust parece darnos lecciones sobre el concepto del tiempo psicológico. De hecho, sobre ello reflexiona en algún momento en este libro, sobre cómo los momentos felices pasan rápido y el dolor y el aburrimiento se demoran hasta que todo se detiene, incluso las ganas de vivir. Imagino que esto último le habrá pasado a más de un lector frustrado del escritor francés, aunque sea, sin embargo, capaz de enfrentarse a otros mamotretos modernos porque así lo exigen los snobs literarios de hoy.


Bueno, pues vayan por delante esos baches, si es que como tales pueden considerarse, y ya puedo contar lo importante. Y lo importante es que el análisis que hace el parisino de la burguesía y la aristocracia francesas del siglo xix me parece prodigioso, hasta el punto de que creo haber convivido con la insufrible señora Verdurin y su selecto «cogollito» social y escuchado los más sublimes pasajes de Vinteuil entre el doctor Cottard y su esposa. Su profundización en la psicología de esos personajes, que se hacen muy reales por el mismo tipo de narrador, trasunto del autor, que nos los presenta como sus vecinos, va más allá de cualquier intento conocido y/o por conocer. Con detalle y pormenorizadamente analiza defectos y virtudes (la hipocresía y el esnobismo por encima de otros muchos; también algo tan de hoy como la famosa superioridad moral), y deja pequeñas fotografías tan bien enfocadas que todos podemos reconocer tras ellas a un rostro familiar. Como esa alusión a «los maníacos que se afanan por no pensar en otra cosa cuando están cerrando una puerta, con objeto de que cuando retorne la enfermiza incertidumbre puedan oponerle el recuerdo del momento en que cerraron». O a esos neurasténicos «que durante años nos ofrecen invariablemente el espectáculo de sus costumbres raras, creyéndose siempre que las van a desterrar al día siguiente y sin perderlas jamás». O esta escena llena de humor (será porque hace poco viví una parecida en casa de unos amigos):


En casa ya habíamos perdido la cuenta, cuando mi tía quería formular una requisitoria contra mi abuela, de los sillones regalados por ella a recién casados o a matrimonios viejos que a la primera tentativa de utilización se habían venido a tierra agobiados por el peso de uno de los destinatarios.


Porque ese soplo de ironía que recorre alguno de sus pasajes, generalmente en aseveraciones breves y categóricas (cosa rara, la brevedad; por algo será, porque elige su momento), da siempre en el blanco, lo que demuestra una inteligencia y una capacidad de observación absolutamente encantadoras, como en este minúsculo pasaje: «una vez habló a Swann de una amiga suya que la había invitado y que tenía una casa amueblada toda con muebles de “época”. Swann no pudo averiguar qué época era aquélla».


Y es que Proust exhibe, tanto en estos puñados de sal como en su lírica morosidad descriptiva, unos ojos privilegiados a la sorpresa de lo pequeño, a los cambios de luz, a las perspectivas cambiantes de un campanario. Su flaneurismo literario, encarnado en ese joven narrador que recorre la costa en busca de inspiración filosófico-narrativa, se traduce en imágenes hermosas y universales, como esas moscas «que estaban ejecutando en mi presencia, y en su reducido concierto, una música que era como la música de cámara del estío». O estas otras, más cursis y manidas («La miré primero con esa mirada que es algo más que el verbo de los ojos»). O ideas que son más bien ideales para todo el que, con su escritura, quiera volver a inventar el mundo («aún no estábamos muy lejos de la edad en que nos figuramos que dar nombre es crear»).


Y, por supuesto, no podía faltar en este libro la exaltación del amor, que aquí se retrata en dos obsesiones muy diferentes (la del arrogante Swann, la del joven e inocente narrador), la angustia ante la ausencia, el dolor por la indiferencia y la invisibilidad, los celos, el deseo de dominio y posesión, la certidumbre de que solo el amor platónico es amor con mayúsculas y que el logro de los anhelos, la consecución de la carne, desbarata la hermosa construcción que el enamorado trata de hacer de sí mismo.

En fin, no sé si he convencido a alguien de que perder el tiempo con Proust es emplearlo bien. Yo ya estoy deseando sumergirme en la segunda parte, A la sombra de las muchachas en flor. Pocos títulos más prometedores para quien hace siglos que dejó de ser una muchacha.



Elena Marqués

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