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En busca del tema perdido



Transcurridos quince días desde mi visita frustrada a la consulta del doctor, y pasando por alto que nadie se ha interesado ni por mi libertad ni por mi salud en todo este tiempo (no soy yo de rencores, pero quién dice qué), vuelvo a estos lares para contar, como avisé, mis últimas preocupaciones; esas cuitas difusas y congojas inespecíficas que necesitan..., no sé si tratamiento farmacológico, pero sí al menos forma y nombre concretos, pues lo que no se nombra no existe, según aprendí en los libros de Lingüística y mucho antes en el del Génesis, que es, de verdad, con el resto del Pentateuco, la leche, un prodigio, un filón para los que, como yo (de eso va la cuita-congoja de hoy), experimentan una crisis escritural y no se les ocurre nada interesante para su próxima novela. Ni siquiera para una breve y circunstancial entrada en el blog de una amigable eminencia psicoliteraria.

En efecto, abre uno ese libro sagrado donde se narran los orígenes del mundo y de la humanidad mucho antes de que Darwin nos hiciera descender del mono y echara por tierra lo poético del paraíso terrenal y se da cuenta de que la literatura fantástica no arranca en Verne ni en Tolkien. Quien, por cierto, en su Silmarillion repite esa fórmula de la saga, que tanto gusta hoy, plasmando toda la genealogía de la Tierra Media como el texto bíblico lo hiciera con la adánica hasta hacernos perder el norte y las ganas de vivir. Que si Set engendró a Enós y este Quenán, y este, además de cumplir novecientos diez años, engendró una piara de hijos e hijas, algunos después de los ciento sesenta lustros…

Porque esa es otra. Sin necesidad de ser mordidos por vampiros ni de darse, a lo Elisabet Báthory, un buen baño de sangre; ni de encontrar con Indiana Jones el Santo Grial o llevar, como la Melissandre de George R. R. Martin, una gargantilla que les mantenga el aspecto lozanísimo, estas criaturas bíblicas vivían más que una almeja oceánica, pero probablemente con mayor intensidad atendiendo a la tarea apasionada de poblar la tierra a la que, al parecer, se dedicaron con empeño. Igual tenían en su dieta ensalada de Turritopsis nutricula, esa hidromedusa inmortal capaz de renovarse a sí misma que seguro que ronda en las estaciones cálidas la fuente de la eterna juventud.

Y, hablando de animalitos acuáticos, no me diréis que no es fantástica la historia del profeta Jonás, antecedente del personaje collodiano. Tres días y tres noches en el vientre de una ballena alimentándose, supongo, de krill y de oraciones. Menos suerte tuvieron los que cayeron entre las mandíbulas del Tiburón de Spilberg. Seguramente eran todos unos descreídos.

Eso me conduce a otro asunto, pues ¿quién no ve el origen de ese prolífico género cinematográfico de catástrofes que ha dado lugar a obras como El coloso en llamas, Armageddon o Soy leyenda en las diez plagas de Egipto o en aquel diluvio gilgaméshico que convirtió a Noé en primer armador de la historia sin hacerse rico como Onassis? Y digo más: que posiblemente le dio la vuelta al mundo buscando tierra firme mucho antes que Magallanes y Jack Sparrow. Y, ya veis, nadie se acuerda de él si no es por su inocente ebriedad pseudoincestuosa. Qué injusticia más grande, esa de la memoria.

Por cierto, os recuerdo que la mujer de Lot, antecedente de la vieja del visillo de José Mota (nihil novum sub sole, expresión que también aparece en la Vulgata, esta vez en el Eclesiastés), no fue tocada por la varita mágica de Harry Potter ni escuchó en ningún momento eso de petrificus totalus. Ignoro qué conjuro utilizó el Altísimo, si habló en arameo, en hebreo o en griego helenístico por estar más al alcance de todos, pero allí la dejó, anclada para siempre como salerosa columna por querer asistir en directo a los fuegos artificiales de Sodoma y Gomorra sin adminículos de protección y, siguiendo el hábito iniciado por la primera mujer (si obviamos a la prófuga Lilith, que también da para siete películas y cuatro libros de Stephen King), desobedeciendo femeninamente como corresponde a la tradición judeo-cristiana.

Y, descendiendo al mundo vegetal, qué decir de una zarza que arde sin consumirse y que encima habla. Anda que no les han sacado provecho Marvel (Antorcha Humana) y Pixar (Jack-Jack, el tiernito niño de Los increíbles). Tanto como a los juegos de palabras. «Yo soy el que soy», dicen que dijo. Acabáramos. De lo que se deduce que también fue Dios el inventor de los pseudónimos y las plicas para no conocer la autoría de una obra hasta el momento oportuno. Échense aquí unas risas. Si es que, ya digo, a poco que uno practique la arqueología bíblica, se da cuenta de que los libros sagrados no tienen desperdicio.

Se me recordará que todas esas historias no son sino una tradición común compartida con otras culturas por eso del inconsciente colectivo. O sea, que no hay nada original en mujeres que procrean pasada con mucho la menopausia ni en gente que regresa hitchcockianamente de Entre los muertos. Me lo diría el mismo doctor Goodfellow, que algo más sabrá de Jung y su perspectiva psicodinámica que una servidora, conocida localmente por su sedentarismo. Que si el basilisco del libro de Isaías bien podía tener parentesco con Quetzalcóatl y no es sino un dragón calcadito a Smaug; que si el Walhalla es como el Olimpo griego y el Parnaso español pero a escala germánica… O sea, que somos simples humanos arquetípicos y de ahí que a todos nos interesen los mismos temas y acabemos por versionar una y otra vez La Odisea y añadiendo rasgos al héroe que, con tanto tuneado, ya no se parece a Ulises más que en las pocas ganas que pone en volver a casa después de una juerga con amigos.

En fin, que, tras esta reflexión en voz alta, a la que no he querido añadir las réplicas y contrarréplicas del doctor Goodfellow porque no soy lo que se dice perita en diálogos, me veo desembocando en un tema del que debatimos algunos pacientes hace poco en terapia de grupo (horario ininterrumpido), que es el del plagio (yo abogo por el autoplagio, pero esa es otra historia), y, de caer en él, qué es mejor, si tirarse al monte de la imitación descarada de autores magníficos o rapiñear entre textos de juntaletras de segunda o tercera fila. Lo primero será más fácil de detectar, tanto por Turnitin como por cualquier lector más o menos avezado, y, además, te conduce directamente a la cárcel. Donde, por cierto, se escribieron libros como El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha cervantino, El príncipe de Maquiavelo o De profundis de Oscar Wilde. ¿Quién me dice que entre rejas no encuentro la solución a mi cuita-congoja de hoy? Aunque, la verdad, no es plato de gusto, y tampoco me asegura ningún éxito, pues está claro que esos escritores eran genios y yo una simple aspirante en busca del tema perdido en los recovecos de la memoria. Igual, si meriendo una magdalena, se me activa el sistema límbico y el hipocampo me ofrece, de su archivo de sensaciones y recuerdos, algún pasaje de mi infancia; ese paraíso perdido que tengo ya tan lejano que no estoy segura de que alguna vez haya existido.

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