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  • Dr. Goodfellow

El mudo de Fisher Town, de Carlos Torrero



Carlos sabe que el antónimo de «silencio» no es «palabra», sino «ruido». Por eso escribe este poemario desde un no lugar, que puede estar lo mismo en Carolina del Norte que en un chiringuito de playa de Matalascañas, y le cede la palabra a un mudo que será nuestro guía en este largo poema en el que se nos invita a cambiar la perspectiva. Porque ¿para qué sirve la poesía si no es para aprender a percibir barajando los sentidos de una forma diferente?

A veces, no es fácil empezar por el principio (Alguien abre una puerta/ y empieza el circo). Por ejemplo, ¿cómo puedo definir este trabajo en unos cuantos párrafos cuando quizás lo que lo mejor lo explique sea aquello que no es? Empecemos por dejar claro que El mudo de Fisher Town no es un conjunto de poemas. ¿No era un poemario? Sí, es un poemario compuesto de un solo poema. Seiscientos y pico versos en los que su autor no graba a fuego las Tablas de la Ley delimitando para los fieles lo que es o no es poesía. ¿Significa eso que no es un libro metapoético? Como reza el último verso del poemario, Y sin embargo. Porque está claro que no estamos ante un ensayo sobre las nuevas corrientes poéticas. Pero (permítame el autor cambiar de conjunción adversativa en beneficio de la fluidez), una vez leído, sí que empezamos a aprender a desenmascarar a los poetastros, hijos del mundo virtual, que pululan por las redes, las listas, los artículos de prensa y hasta (¡menudo descaro!) las librerías disfrazados de poetas verdaderos.

Tampoco es, definitivamente, un retrato introspectivo del paisaje interior del autor. Por algo toma prestada la (no) voz del mudo, ese que a ratos parece ejercer de narrador, pese a que el libro no eluda en ningún momento a su condición de poema. Con todo, los que hemos paseado junto a él por esos callejones que, nos prometieron, conducen a la avenida de la Literatura reconocemos al autor agazapado al borde de algunos versos, escondido tras algún adjetivo.

No es menos cierto que la intención de este mudo no parece ser la de incendiar el palacio de la poesía para volver a construirlo. Si bien nos asegura que El lenguaje ha muerto, de seguido nos invita a que Volvamos al lenguaje. Y es que este tipo es un poco liante. ¿Cómo definir si no a alguien que nos empuja a la novedad, pese a buscarla en los cajones revueltos de la tradición literaria? Ahora bien, tampoco eso justifica al poeta a convertirse en mero contable de sílabas. No vayan ustedes a pensar.

Dicho todo esto, me despido con la sospecha de no haber sido capaz de dejarles claro qué no es El mudo de Fisher Town. Permítanme mejor recomendarles que dejen que el mudo les hable por sí mismo e invitarlos a su lectura por algo que sí es: un buen libro. Puede que en estos tiempos de incertidumbre sea difícil salirse de lo prosaico y embarcarse en una aventura poética. No son estos, como ninguno anterior y mucho me temo que posterior, buenos tiempos para la lírica. Y sin embargo.


Manuel Valderrama Donaire

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