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  • Dr. Goodfellow

EL BOXEADOR POLACO, DE EDUARDO HALFON



Oscar Wilde dejó dicho aquello de «nunca hay una segunda oportunidad para causar una buena primera impresión». Y, en fin, es obvio, no creo que haya mucho debate al respecto. Sin embargo –y a pesar de ser consciente de la jurisprudencia que crea en todos los ámbitos–, no soy yo mamífero de preocuparme demasiado por el confuso asunto de las primeras impresiones. Y, si bien me fío bastante de mi instinto, es cierto que también me gusta profundizar. Puedes parecer un cretino, vestir como un cretino, andar como un cretino, que por mi parte siempre voy a, digamos, intentar contrastar la noticia. Por suerte, para eso tampoco suele hacer falta muchos encuentros, y yo me quedo más tranquilo. Puede que sea por deformación profesional. Aunque en realidad creo que lo hago porque yo mismo he estado demasiadas veces al otro lado del espejo. En el lado de los que parecen cretinos y no lo son, quiero decir. O, al menos, no están orgullosos de serlo. De hecho, varios de mis mejores y más antiguos amigos siempre me han dicho aquello de «pues yo, antes de conocerte, pensaba que eras gilipollas». No quiero decir que esa primera impresión siempre cambie. Pero suele, cuando menos, suavizarse. ¿Y si de literatura hablamos?


Si de letraheridos hablamos, entonces, la primera impresión cobra más peso, si cabe. Pues más vale que la primera impresión que cause tu literatura sí resulte buena, potente, memorable. Porque, no nos engañemos, es muy probable que un lector solo te dé una oportunidad. Si es que te da alguna. Y aunque, con el tiempo, y los vaivenes de la vida, te pueda brindar otra, es harto complicado. Hay muchos escritores. Pocos lectores. Y muy poco tiempo de vida. Por eso suele ser tan importante la primera vez que te acercas a un autor. Y no hay nada más excitante que descubrir un autor que te entusiasme. Con el tiempo, esto es cada vez más difícil.


Pero cuando sucede. Ay. Entonces uno recibe el latigazo, contento, incluso agradecido. Debo decirlo: No había leído nada hasta la fecha del autor guatemalteco Eduardo Halfon. Y El boxeador polaco (uno de sus primeros y más celebrados libros) me ha parecido, en efecto, una lectura maravillosa. Halfon era una de esas asignaturas pendientes que va arrastrando uno. Una de miles. Sabía de su exitosa trayectoria (sus libros suelen alcanzar numerosas ediciones y ser traducidos a múltiples lenguas) y que, el que fue nombrado uno de los mejores jóvenes escritores latinoamericanos por el Hay Festival de Bogotá en 2007, es hoy un referente indiscutible de la literatura latinoamericana reciente. Con todo, aún no había entrado en su universo. Siempre se interponía algo o alguien (otros autores). Pero hace poco, en la biblioteca que suelo frecuentar, mis ojos se posaron sobre la excelsa edición de Pre-textos (2008). Y caí seducido por completo. Algo que últimamente, en mayor o menor medida, me está sucediendo con varios autores latinoamericanos que no había leído aún. Como Ribeyro, Manuel Puig, Rodrigo Fresán, Pedro Mairal, Juan José Rodinás, Valeria Correa Fiz, Eduardo Ruiz Sosa o María Fernanda Ampuero.


El boxeador polaco es un libro redondo por varias razones. O a mí me lo parece.


- Es un libro aparentemente breve cuyo rápido tiempo de lectura nada tiene que ver con el de escritura. Por eso el lector tiene esa sensación de perfección tan natural. Está todo en su sitio: descripciones, bromas, diálogos, ritmo. No obstante, fue un libro que le llevó cuatro años de escritura y solo tiene 104 páginas.


- Hay algo que atraviesa todos los cuentos que te va empujando hacia la sórdida y bella historia que da nombre al conjunto, «El boxeador polaco», la historia de cómo su abuelo sobrevivió al holocausto. Un relato que obsesionaba a Halfon y que en principio no quería contar. Pero acabó haciéndolo. Y de qué manera.


- Una versión pálida de Halfon (descrito así por él mismo) es el que va narrando todos los cuentos, deliciosamente literarios y, ciertamente, con un punto intelectual. Eso da una atmósfera y una homogeneidad al libro muy atractiva. Siempre a caballo entre el libro de cuentos y la novela.


- Literatura y realidad se afectan de una manera realmente bella. Muy de verdad. Historias atravesadas por autobiografía, silencios, poesía, cine y paisaje.


Ya digo, he conectado como lector, y también como escritor. Ese estilo limpio y preciso, sin barroquismos, a mí me seduce. Y define el libro mejor que lo que podría hacer una sinopsis más o menos acertada:

Un abuelo polaco cuenta por primera vez la historia secreta del número que lleva tatuado en el antebrazo. Un pianista serbio añora su identidad prohibida. Un joven indígena maya está desgarrado entre sus estudios, sus obligaciones familiares y su amor por la poesía. Una jipi israelí anhela respuestas y experiencias alucinógenas en Antigua Guatemala. Un viejo académico reivindica la importancia del humor. Un profesor, etcétera.


Por otra parte, aunque uno de los temas importantes que trata el libro es el de la identidad (Halfon es de origen judeo-polaco, nació y residió sus primeros años en Guatemala pero posteriormente su familia se mudó a EE. UU, donde creció y fue a la universidad), me ha gustado más cómo aborda lo que la literatura tiene de reflejo de nosotros mismos. De hecho, es una constante que recorre el libro. Lo podemos apreciar en el epígrafe con el que abre el libro: «He pasado la máquina de escribir al otro cuarto, donde puedo verme en el espejo mientras escribo» (Henry Miller, extraído de su novela Trópico de Cáncer). O cuando Halfon desliza parte de su poética en la página 20:


Entonces la literatura, o el arte en general, se vuelve un tipo de espejo, Annie, donde se reflejan todas nuestras perfecciones e imperfecciones. Algunas asustan. Otras duelen. Es curiosa la ficción, ¿no? Un cuento no es más que una mentira. Una ilusión. Y esa ilusión solo funciona si confiamos en ella. Al igual que los trucos de un mago nos impresionan sabiendo muy bien que son solo trucos. El conejo no ha desaparecido. La mujer no ha sido serruchada en dos. Pero así lo creemos. Es una ilusión verdadera. La literatura, escribió Platón, es un engaño en el que quien engaña es más honesto que quien no engaña, y quien se deja engañar es más inteligente que quien no se deja engañar.


En definitiva, un libro repleto de aciertos en forma y fondo, y de ágil lectura. Está compuesto por seis relatos: «LEJANO»/ «FUMATA BLANCA»/ «TWAINEANDO»/ «EPÍSTROFE»/ «EL BOXEADOR POLACO» y «DISCURSO DE PÓVOA», en mi opinión, llenos de vida y absolutamente recomendables. Hay también una edición más reciente publicada por Libros del Asteroide (en 2019) que se presenta como la versión concebida inicialmente por su autor, que incluye la novela corta LA PIRUETA. Sí, una vez descubierto Halfon, toca celebrarlo, compartirlo y seguir tirando del hilo.


Carlos Torrero



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