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  • Dr. Goodfellow

EL AÑO DE LA MUERTE DE RICARDO REIS, de José Saramago


Aquí acaba el mar y empieza la tierra. Llueve sobre la ciudad pálida, las aguas del río corren turbias de barro, están inundadas las arboledas de la orilla. Un barco oscuro asciende entre el flujo soturno, es el Highland Brigade que va a atracar en el muelle de Alcántara.



Con estas palabras impregnadas de melancolía empieza José Saramago la historia de un hombre llamado Ricardo Reis que, como nosotros mismos, suele preguntarse quién es, qué sentido tiene la vida. Lo interesante es que desde el principio sabemos que Ricardo Reis no existe, que su no existencia es doble, por su condición de heterónimo del gran poeta portugués Fernando Pessoa y por ser a la vez protagonista de la novela que estamos leyendo. Esta cuestión nos remite a un componente filosófico y existencial clave en el argumento. Sin embargo, El año de la muerte de Ricardo Reis va mucho más lejos, superando con creces ciertos juegos literarios ya muy gastados sobre los límites de la ficción y sus concomitancias y tratos con la realidad, sea esta lo que quiera que sea.


La novela fue publicada por primera vez en Portugal, en 1984, siete años después de que el autor de Azinhaga rompiese su largo silencio, el que mantuvo entre la publicación en 1947 de su primera novela, Tierra de pecado, cuando solo tenía veinticinco años, y la segunda, Manual de pintura y caligrafía, que vería la luz treinta años después, ni uno más, ni uno menos. El año de la muerte de Ricardo Reis es, por tanto, la tercera novela de su producción literaria.


El relato arranca con la llegada a Lisboa de Ricardo Reis. El país está gobernado con mano de hierro por el dictador fascista Oliveira Salazar. Esto a Ricardo Reis no le importa demasiado: si ha vuelto es porque se ha enterado de la muerte de su amigo, el insigne Fernando Pessoa. Desea visitar su tumba y rendirle homenaje, sin ni siquiera saber muy bien qué hará después con su vida, si se quedará en Lisboa o volverá a Brasil, donde ha vivido los últimos quince años ejerciendo la medicina. La muerte del poeta quizás haya sido oportuna: a Ricardo Reis no le gustan ni el desorden ni las revoluciones y en Brasil ha estallado una. Su salida de Portugal coincidió con la proclamación de la República. Sí, a veces resulta difícil saber por qué emprendemos un viaje que, paradójicamente, puede resultar decisivo. Este, sin duda, lo será para Ricardo Reis, como nos adelanta el título de la propia novela.


La elección de Ricardo Reis por parte de José Saramago no es casual. Fernando Pessoa en algunos de sus textos se consideraba un poeta dramático. Sus más de setenta heterónimos, a los que atribuyó vida, obra e identidad, confirman ese carácter teatral de su forma de entender la poesía. Cada heterónimo expresaba la multiplicidad de cada uno de los yoes que lo habitaban. Ricardo Reis no tenía en su biografía fecha de defunción. Esto seguramente espoleó la imaginación de Saramago, así como su personalidad e ideología. Ricardo Reis es un ser que podríamos calificar como apolíneo. Ama la cultura clásica y el orden establecido, se define como monárquico, un monárquico que ni siquiera necesita un rey al que defender o mantener en el trono para serlo. Hay en él cierto elitismo y su clasismo es evidente. Por todo ello, tal vez a ninguna de las criaturas de Pessoa podrían afectarle como a él los tiempos que corren cuando regresa a Europa en diciembre de 1935, un mes después de la muerte del poeta. En esas fechas el continente está al borde del abismo. Ricardo Reis morirá unos meses más tarde, en el verano de 1936. La Guerra Civil Española ya habrá estallado. Será el preludio de lo que sucederá poco después: los totalitarismos se preparan para abrir de par en par las puertas del infierno. Pero esto ya no lo vivirá Ricardo Reis. No lo resistiría.


Ahora que el fascismo vuelve con sus recetas de odio y patria, leer El año de la muerte de Ricardo Reis produce un extraño desasosiego. Hace mucho que perdimos la inocencia: no basta con conocer el pasado a para impedir la repetición de sus horrores. Podemos tener la tentación, como Ricardo Reis, de permanecer al margen, de meter la cabeza bajo poemas y quehaceres; pero ¿será posible o nos arrollará la historia?


La novela tiene una trama mínima que se centra en el ir y venir de Ricardo Reis, como un auténtico flâneur flaubertiano, por las calles y plazas de Lisboa, hasta que finalmente sigue a Fernando Pessoa hasta la que será su tumba en el cementerio de Los Praceres. En esos meses solo hará una excursión fuera de la ciudad, en concreto a Fátima. Allí el señorito Reis, durante un día y una noche, convivirá con peregrinos, con la gente del pueblo, albergando la vaga esperanza ─ como todas las que lo alumbran─ de encontrarse con Marcenda, una señorita de Oporto, hija de un notario afecto al régimen, a la que conoció en el hotel Braganza, donde se hospedó a su llegada a la ciudad. A esta mujer, simbólicamente aquejada de una extraña parálisis en el brazo izquierdo, se opone desde el otro extremo de la jerarquía social Lidia, una sirvienta de piso del hotel. Ella se convertirá en la amante de Ricardo, en su criada cuando él se decida a alquilar un piso cerca del Mirador de Santa Catalina, en la futura madre de un hijo al que no conocerá, si acaso llega a nacer. Frente a la idealización platónica que envuelve la relación con la primera, la realidad del cuerpo, del sudor y la saliva, de la carne, la fuerza de los brazos de sirvienta de Lidia, el ser invisible que hace posible la cómoda existencia de los que están arriba.


También a través de ella a Reis le llegará lo inevitable, los desastres de la guerra que asola el país vecino.


Y a lo largo de este devenir, a la sombra de Camões y su Adamastor, símbolos eternos de la patria portuguesa, Ricardo Reis se encontrará una y otra vez de igual a igual con Fernando Pessoa, que dice tener una tregua de nueve meses antes de que lo engulla el olvido de los otros, de los vivos. Un elemento fantástico que contrasta con un estilo que va del realismo casi costumbrista al poético, pasando por el filosófico, con una naturalidad pasmosa. El exterior del mundo, su cáscara, y su fruto, entendiendo por este su esencia, son, para Saramago, como la muerte y la vida, el creador y lo creado, algo que no puede separarse, algo ligado de manera indisoluble.


La novela está contada por un narrador que funciona como un demiurgo, un ser que parece recitarnos la historia al oído, que viaja a través del tiempo y conoce no solo el presente y el pasado, también parte del futuro. Nos cuenta lo que quiere, y, lo que no, lo deja abiertamente en suspenso. A través de él sabemos lo que sienten y piensan los personajes, nos adentramos en ellos o leemos los periódicos que ojea Ricardo Reis, cuyas noticias son testimonio y retrato de un tiempo cada vez más amenazado por las tinieblas.


Una amiga y escritora, Elena Marqués, hablando de El año de la muerte de Ricardo Reis, me dijo: parece escrito por un dios. Si Saramago no fuese ateo, esta afirmación debería cerrar esta reseña. Pero quisiera decir algo más terrenal. La premisa de la que parte la novela es genial. Creo que todo escritor o escritora que se precie desearía concebir alguna vez en su vida un punto de partida tan brillante y sencillo. Pero en mi opinión lo asombroso es que José Saramago no se conforma con su idea y en cada página redobla su apuesta literaria poniendo el listón más alto. El año de la muerte de Ricardo Reis es una novela inmensa, escrita a fuego muy lento, en la que José Saramago se entrega por completo al oficio de escribir y contarnos una historia, sin la pereza y las prisas con la que se despacha la narrativa en nuestros días. Por eso, El año de la muerte de Ricardo Reis merece que se lea, y que se lea con mucha calma.


Aurora Delgado


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