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Despojos de Rachel Cusk. Sobre el matrimonio y la separación



María Morales, monitora itinerante de talleres de escritura y escritora por descubrir (esperemos que a no mucho tardar se pueda desfacer este entuerto), debuta en la consulta del Doctor con esta reseña.


Theodore Zeldin, en su muy recomendable «Historia íntima de la Humanidad», cuenta que en el mundo de hoy hay dos tipos de mujeres que escaseaban en el pasado; las mujeres cultas y las divorciadas. He recordado este dato para hablar de la británica, nacida en Canadá, Rachel Cusk, quien publicó en 2012 su particular visión del divorcio, ese hecho tan «insólito y novedoso», cuando su matrimonio de diez años acabó.

Y si les he recomendado el libro de Zeldin nada más comenzar, les sugiero ahora encarecidamente la lectura de Cusk en «Despojos», porque —lo siento pero voy a ser vulgar— la tía hace encaje de bolillos con las palabras, domina las ideas. Lo clava, lo borda. Se sale.

¿Se han divorciado alguna vez? Yo, sí. ¿Puede una reseñista contar su vida en las reseñas que escribe y que, además, son de libros que no ha escrito ella? Yo lo hago. Es más, dudo que pueda ser capaz o quiera escribir de otra manera que no pase por mi filtro particular. Es lo que hace Rachel y una legión de mujeres que se sitúan en el Yo para ir hacia el Tú, hacia el Nosotros como conjunto, Ellas, Ellos, la Humanidad al completo, por más que sea esta una fórmula, o una forma (la autobiografía), tan criticada y admirable como podría serlo cualquiera. Dice Rachel; ¿quieren el relato o la verdad? El problema radica en la relación entre ambos, el relato tiene que obedecer a la verdad para representarla, lo mismo que la ropa representa el cuerpo. Así que pasen sus hojas y sumérjanse en la ropa de otra persona para descubrir, es lo que yo he comprobado de primera mano, que esa ropa me cabe. Puede que se ajuste a las caderas y me quede un poquito ancha de hombros, a lo mejor, si me siento, se me verán las bragas, pero en líneas generales —y en puntos muy concretos—, la verdad es que sí, las medidas se aproximan, su cuerpo se parece a mí tanto como su manera de escribir fragmentaria, esa que empieza hablando de una cosa, la que sea, y acaba por montar un dificilísimo puzle ante nuestras narices. Por cierto, Cusk habla de puzles, igual por eso se los menciono.

Relato o verdad. Amor o guerra. Hombre o mujer. Madre o padre. Eso es «Despojos», la dualidad que lo habita todo. Nada es simple ni, parafraseo a la Woolf, una sola cosa. Pensar, argumentar, salir y entrar. Leer, releer, volver a pensar, poner la pieza donde encaja, sacarla del hueco elegido y aguardar a que se forme otro mejor y exacto. Casi no hay respuestas en el libro, solo preguntas y muchas anécdotas que trascienden su significado, situaciones más o menos comunes por las que otras, que no somos Rachel pero, como ya he dicho, nos parecemos, podremos identificar el empedrado y sorprendemos como ella cuando, por ejemplo, decimos frente a un abogado con una voz que no conocemos: las niñas son mías. Cuando evitamos amistades que nos recuerdan el fracaso de lo íntimo, cuando las amistades nos evitan y directamente nos lo achacan, nos lo otorgan: tú, la culpable, la fracasada. Cuando quien te quería, ahora te odia. Cuando no puedes comer porque sabes que te hará daño o duermes para evitar un poco más el dolor de abrir los ojos y comprobar que sigue ahí lo que se ha roto. Cuando te planteas qué es el matrimonio observándolo desde fuera (porque ahora estás afuera, en lo oscuro), qué ha sido el tuyo, qué has hecho con él y, sobre todo, qué ha hecho él contigo.

Por «Despojos» no solo desfila la opinión que tiene su autora sobre su experiencia, pululan también los matrimonios de amigas, padres, hermanas y hasta la unión de más de setenta años de unos tíos abuelos que no tiene desperdicio. La escritora disecciona el estatus que te asigna el divorcio, el desprestigio que trae consigo, la ida hacia atrás que pone en marcha el demoledor mecanismo del despiece hasta que consigues pararla y «aun así, habíamos retrocedido un buen trecho. En esas pocas semanas deshicimos todo lo que había conducido al momento de la separación; deshicimos el propio relato. Ya no quedaba nada por desmantelar, aparte de las niñas, y eso requería la intervención de la ciencia».

Y tú te llamas feminista, le escupe a la cara el marido varias veces. Y Cusk, inteligente, lúcida y hecha polvo llega a conclusiones dignas de la mejor epifanía: Lo que viví como feminismo eran en realidad los valores masculinos que mis padres, entre otras personas, me legaron con buena intención: los valores travestidos de mi padre y los valores antifeministas de mi madre. Por tanto, no soy feminista. Soy una travestida que se odia a sí misma.

To-ma-ya.

Porque el dolor no es amor pero es como el amor (vuelvo a las cursivas aunque podría no ponerlas porque estos son también mis despojos, mi ropa, una parte de mi propia vida). Es su primo lejano, un personaje cruel, hecho de insomnio y adrenalina sin endulzar por la esperanza.

Léanlo de principio a fin, no se salten nada, retrocedan cuando no entiendan algo, asúmanlo, mastíquenlo y continúen uniendo los pedazos, porque este es el puzle de una verdad y por lo tanto, un perfecto relato.


María Morales

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