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  • Foto del escritorDr. Goodfellow

CURSO ELEMENTAL DE MISANTROPÍA, de Javier Mije


 

Páginas: 148

Editorial: La Uña Rota

Año de publicación: 2022

 

 

Estas Navidades pedí a los Reyes Magos un libro con mucha ilusión. Últimamente no tengo mucho tiempo para leer exclusivamente por amor al arte y extremé las -ya de por sí- muchas precauciones que suelo tomar para seleccionar mis lecturas. Con todo, erré el tiro y me sentó especialmente mal, pues, en principio, muchas habían sido las voces presumiblemente con criterio que lo habían elogiado y le habían dedicado cálidas atenciones. Además de, por supuesto, los suplementos culturales correspondientes, quiero decir. Pero, como dice Mayor en su magnífica e hipnótica obra Ponme otra copa, Servando (Sloper, 2024), yo también «he leído libros malos por culpa de una reseña mentirosa».


En cualquier caso, a mí aún me cuesta aceptar que un libro así salga al mercado, honestamente. Quiero decir que entiendo perfectamente que su autor necesitara y quisiera escribirlo, desde luego, pero ¿que se publique? ¿Cómo, con unos mimbres a priori tan prometedores (editorial prestigiosa, viaje, país bellísimo, especie de elegía a ser querido, tiempo para observar, para leer, para escribir, para amar, etc.), se puede construir algo tan prescindible? Hacía tiempo que no me topaba con una obra de tan marcada vocación lírica que ofreciese, al mismo tiempo, tan pobre poesía. Pero bueno, ya pasó.


Sin embargo, lo que no deja de ser una anécdota en el itinerario de cualquier lector (en realidad, como todos sabemos, son más las insatisfacciones que los aciertos por lo general pero bendita búsqueda incesante) me ha servido para reflexionar sobre si no será contraproducente para un autor saber de antemano que su manuscrito va a ser publicado en el mismo instante de su creación). Es decir, que, el darlo por hecho, ya desencadene una suerte de automatismos o movimientos inconscientemente conservadores que, en lugar de acrecentar el valor artístico y literario de la obra, haga justo lo contrario, la condicione y la condene a eso tan extraño de «ver la luz» y, por tanto, no ha de esforzarse en salir de la oscuridad, por así decir. Sé que puede ser una tontería, pero cuando leo a Gesualdo Bufalino digo: qué bueno es esto, madre, pero qué bueno, y no puedo evitar imaginarlo escribiendo sin saber (ni querer saber) si aquello iba a ser publicado o no. Puede que haya un fuego genuino en eso. O puede que no. Lo cierto es que muchas de las obras verdaderamente memorables fueron creadas sin la certeza de que llegarían al lector. Sólo pensemos en Emily Dickinson, Kafka, Lampedusa, John Kennedy Toole o san Juan de la Cruz. Inevitablemente, me viene a la cabeza la cita del gran Iñaki Uriarte: «Quien escribe para publicar y ser leído tiende a adornar o proteger su pensamiento con grandes palabras».


No sé si Javier Mije, tiene muy presente eso o no, pero su Curso elemental de misantropía tiene todas las virtudes de quien baila como si nadie le estuviera mirando, lo que no es óbice para que consiga una comunicación extraordinaria con el lector y eleve un discurso cotidiano a la categoría de literatura, buena literatura. Nada más y nada menos. Y además en un formato corto que requiere destilación máxima, cosa que se agradece. Salvando algunas greguerías de Gómez de la Serna y otros tantos aerolitos de  Carlos Edmundo de Ory, por lo general, no me interesa la narrativa muy breve, pues prefiero otras distancias y detecto en muchas propuestas demasiada pereza y falta de trabajo, pero sin duda están viviendo buenos momentos, en estos tiempos de prisas, los textos mínimos como los microrrelatos, aforismos, máximas, etc. Lógicamente, en este género, también, hay de todo, y hay gente realizando un trabajo estupendo, tanto en su promoción y difusión como en su creación. A mí por ejemplo me interesa el escritor navarro Ramón Eder, o ya aquí, en Sevilla, el trabajo de Sara Coca o Tomás del Rey, por mencionar sólo algunos autores, pero la nómina es infinita tanto aquí en España como fuera.


En ese registro de la palabra medida, cuidada, certera a la manera de una pedrada, se mueve Mije y su escritura destila inteligencia, mala leche y un sentido del humor maravilloso que, en mi opinión, se echa de menos en el panorama actual. Algunas de las píldoras que se pueden encontrar son:


Cláusula III

Rezar no para agradecer las maravillas del mundo; rezar para que el mundo no sea como lo percibimos.

Tierra

Atracción turística de forma esférica y ligeramente achatada en los polos.

Cláusula X

Buscar trabajo. Alquilar un piso. Comprar un coche. Encontrar aparcamiento. ¿Ciclo vital o tedio?

Gol

Unidad mínima de felicidad. Antes lo fueron el pan y la sal. Lo fue el amor. El punto G. El punto de penalti.

Brad Pitt

m. Locución empleada en oraciones adversativas para definir a un hombre desprovisto de belleza; p. ej., Mi esposo es un dentista acaudalado pero no es Brad Pitt.


De relatos más largos destaco La grabación, Abstenerse, Sr. X, Plan Renove o Cajero.


Define el mundo Mije con gracia (que no es lo mismo que ocurrencia pasajera, como no es lo mismo lo «creativo» que lo simplemente «ingenioso») y hace gala de un pensamiento crítico y un frescor potentes. Por otro lado, estas breves historias no abusan de jugar con la recepción; se manipula al lector (la literatura siempre es mentira, una bellísima e inútil mentira) pero lo justo, digamos, y eso demuestra una honestidad literaria que compro con gusto y me llevo al bolsillo del abrigo. Desde aquí le doy la enhorabuena y las gracias por no robarnos mucho tiempo y lo más importante: no tratarnos como idiotas.  

 

Carlos Torrero

 

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