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  • Dr. Goodfellow

"Ayer", de Agota Kristof


Hacía tiempo, algún tiempo, que no leía algo tan desolador. Concretamente desde marzo de 2020, cuando, después de pensarlo mucho, sucumbí a las voces que me recomendaban sumergirme en el universo de Agota Kristof. Al fin y al cabo, debido al obligado confinamiento, tenía todo el tiempo del mundo, y las noches de insomnio se me abrían como una casucha a las afueras donde invertirlo y deprimirme a conciencia y con razón.

He de decir que nada tiene que ver este Ayer de la escritora húngara con su famosa trilogía Claus y Lucas, en el sentido de que parece más un esbozo de novela interrumpida por algunos fragmentos poético-oníricos-simbólicos (entre tigres, pájaros, pianos, lluvia, barcos que zarpan...) que una novela en sí, que podría haberse extendido en muchas más páginas de prosa magnífica en su desnudez, su delirio y su brutalidad. O quizás no. Quizás la brevedad es la que causa buena parte del impacto.

Ayer es hipnótica y repulsiva al mismo tiempo. O precisamente sea lo primero a causa de lo segundo. La frialdad de sus personajes, que se refleja en un estilo igualmente frío y depurado, va más allá de la mostrada por el Mersault de Camus; el vacío de la voz narrativa nos conduce al borde de un precipicio vital aterrador.

Sándor Lester, nombre que adopta Tobías Horvath a partir del nombre de sus padres tras haberlos matado (aunque...) y después de autoexiliarse de no se sabe dónde (ni siquiera se menciona su nacionalidad, lo que lo convierte en una sombra aún más penosa y huidiza), solo se aferra a un sueño idealizado de amor dentro de su mísera existencia en un país en el que siempre será un extranjero (de verdad que lo he escrito sin darme cuenta), en el que apenas se relaciona con sus compatriotas (Paul, Vera, Kati, Jean) y otros tantos refugiados de distintas procedencias. Un lugar, también innominado, en el que todos parecen hablar hiriendo. Desde el psiquiatra que, ante su queja por la vida de mierda que lleva, le dice «Es la condición obrera. Debería estar contento de tener trabajo», hasta la misma Line, que no puede aceptarlo por su origen indigno.

La atmósfera que consigue Kristof, como en otras de sus obras, es oprimente y huele a lluvia, a barro, a suciedad, a vómito, a muerte (alguna sucede, aunque la forma de nombrarla es más que significativa). A un viento tanto real como simbólico que, desde el principio (así se inicia la novela: «Ayer soplaba un viento conocido. Un viento que ya me había encontrado»), lo arrastra a su situación, aunque también, parece («me asomé a la ventana para ver si seguía soplando el viento. El movimiento de los árboles me tranquilizó»), lo anima tímidamente a actuar como un débil soplo de esperanza. Porque, en uno de esos extraordinarios arrebatos líricos, que resultan cálidos oasis entre tanta devastación, explica que «el miedo solo se puede ahuyentar con el viento».

Ayer es más que el relato de una vida desgraciada, desarraigada, sin referentes, monótona, ensimismada, nada empática (léase el episodio del pobre Iván), absolutamente sola y alienada (léase ahora la parte en la que se cuenta el trabajo en la fábrica, que parece extraída de una fantasía distópica), porque todo ello parte de una extraordinaria lucidez teñida de existencialismo. Es un espejo en el que podríamos mirarnos los lectores para hacernos las mismas preguntas, que quizás sean una sola pregunta, cuando, desmadejados, nos quejamos de nuestra situación y nuestro destino. «Esa puerta siempre estaba abierta y, sin embargo, nunca intenté salir por esa puerta. ¿Por qué?».

Estoy segura de que, como Sándor-Tobías, también más de uno de nosotros se levanta todos los días como un fantasma para acudir a la misma fábrica a modelar con el mismo torno la misma pieza. Y, por las mismas, también más de uno tratamos de llenar ese vacío, esa desgana, esa desagradable aceptación de la realidad tras terminar admitiendo que los sueños no existen, con nuestra particular Yolande a falta de una platónica Line («mi mujer, mi amor, mi vida. No la he visto nunca»; «Nadie será nunca Line») y con la terapia, a veces destructiva, de la literatura, espacio en el que todo cabe, donde podemos reinventarnos nuestra vida y «escribir lo que me dé la gana, aunque sea imposible, aunque no sea verdad», frase que nos advierte de lo poco fiable que es el narrador de estas páginas. Poco fiable en todos los sentidos, aunque prefiero limitarme a sus propias elucubraciones de técnica narrativa. «En la cabeza todo se desarrolla con dificultad. Pero, en cuanto se escribe, los pensamientos se transforman, se deforman, y todo se vuelve falso. A causa de las palabras», dice. De hecho, el segundo bloque del libro, donde recuerda y narra su infancia, se llama «La mentira». Nada más que añadir.

Por eso cuando aparece la Line real en el autobús aún seguimos dudando, seguimos sufriendo, pues tenemos datos más que suficientes para saber que la historia no puede llegar a buen término, que nada cambiará porque Sándor-Tobías no se atreverá a abrir ninguna puerta, y porque, a pesar de esa ternura que se exhibe como una flor rara entre tanto desapego (iba a reproducir una cita, pero no quiero destriparos otro drama), acabará aceptando la condena.

Me gustaría concluir con un párrafo muy hermoso y revelador que espero os anime a leer este libro:

«El tiempo se desgarra. ¿Dónde encontrar los descampados de la infancia? ¿Los soles elípticos paralizados en el espacio negro? ¿Dónde encontrar el camino volcado hacia el vacío? Las estaciones han perdido su significado. Mañana, ayer, ¿qué significan esas palabras? Solo existe el presente. En un momento dado, nieva. En otro, llueve. Luego hace sol, viento. Todo eso es ahora. No ha sido, no será. Es. Siempre. Todo a la vez. Ya que las cosas viven en mí y no en el tiempo. Y en mí, todo es presente».


Elena Marqués

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