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  • Dr. Goodfellow

Amor de Hanne Ørstavik

Tengo especial predilección por ese tipo de historias que, contadas con sobriedad de recursos, son capaces de sumergirnos en los universos más hondos y complejos de lo humano. Si tuviera que elegir solo un aspecto, creo que este sería uno de los que más he admirado de esta corta novela de 169 páginas, de la escritora noruega Hanne Ørstavik. Tiene ya unos años: fue publicada en Noruega en 1997 y galardonada con el premio más importante de su país, el Brageprisen, pero no se publicó hasta 2018 en español en Duomo Ediciones. Con las inevitables expectativas generadas por un título como Amor (si no el tema por antonomasia de nuestra vida y sus ficciones, sin duda uno de ellos; una de nuestras tres heridas, escribía un poeta), nos vamos adentrando en la narración de una serie de sucesos cotidianos, casi anodinos, que tienen lugar en unas pocas horas de la vida de Vibeke, madre soltera, y de su hijo Jon, durante la noche que precede al noveno cumpleaños de este. Nada extraordinario parece suceder, no asistimos a ningún acontecimiento especial en un espacio igualmente limitado: un pueblo nevado del norte de Noruega, en el que esta pequeña familia, madre e hijo, se acaba de instalar. La carretera, la nieve y la oscuridad del bosque son partes sustanciales del paisaje. En él, el único elemento extraordinario es la feria ambulante que se ha instalado en el pueblo durante esos días. Dos de los trabajadores feriantes se cruzan en la vida de ambos protagonistas y los acompañan en sus respectivos periplos nocturnos. Tiempo y espacio reducidos en los que transcurren acontecimientos aparentemente triviales. Y, sin embargo, lo que se cuenta es una historia estremecedora.

Particularmente magistral me ha parecido el modo de narrar. Apenas iniciada la novela, y una vez que los dos personajes protagonistas abandonan la casa común, se suceden e intercalan sin separación alguna las narraciones centradas en cada uno de ellos durante todo el resto del relato, que da cuenta, en esos dos hilos narrativos, de dos itinerarios cada vez más divergentes. Especialmente destacable es también cómo, sin estridencias, se consigue crear una atmósfera cargada de tensión, casi de relato de terror, un estado de suspense en suave crescendo en el que el lector espera y teme algún acontecimiento que produzca un giro inesperado, una catástrofe. Sin nombrarlo, hay de continuo algo siniestro que late amenazante. Pero nada parece suceder en realidad. Jon deambula por el pueblo una vez ha conseguido vender sus boletos para una rifa. Se producen encuentros con otros personajes. Quiere volver a casa. Y espera. Vibeke deambula también tras comprobar que la biblioteca está cerrada y acaba perdiéndose en la noche anhelando encontrar en su acompañante casual (como lo hace en los libros) a alguien que llene su vacío. Y olvida. Los faros de los coches en las carreteras desiertas alumbran un paisaje de soledades. Asistimos al testimonio de cuán separados pueden estar los mundos de dos seres vinculados por la sangre y el supuesto lazo afectivo inherente a esa condición. Se nos muestra, sin dramatismos, cómo de desesperadamente depende ese niño del amor de esa madre, que, abrumada y perdida en sus propias preocupaciones, deseos y ensoñaciones, a años luz de él, no parece percibir su necesidad de cercanía, de ser amado. Más que real, la madre es para Jon una entelequia imaginada, que no llega a tocar:

Se está quitando el abrigo, piensa él: la imagina en el recibidor, frente al espejo, colgando el abrigo en el perchero mientras se contempla. Seguro que está cansada, piensa. Abre una caja de cerillas y saca dos. Se coloca una cerilla en la cuenca de cada ojo para impedir que los párpados se le cierren. Se te pasará cuando crezcas, le dice Vibeke cuando está de buen humor. Las cerillas son como palos gruesos, es difícil ver así. Le viene a la cabeza el tren de juguete, no lo puede evitar. Piense lo que piense, un tren recorre sus pensamientos, oscila por la curva haciendo sonar el silbato y pasa a toda velocidad. Tal vez pueda dar un masaje en la cara, piensa, masajearle la frente, las mejillas. Lo han aprendido en clase de educación física, se supone que es bueno.

Hay en ese niño que necesita y ama profundamente a su madre una constante esperanza de ser mirado, de ser amado. Pero ante lo que parece inalcanzable, ese amor y ese deseo se entreveran con culpa, abandono, miedo y soledad.

Hace frío en esta novela. Es invierno fuera y dentro del corazón de los personajes. La nieve amortigua el ruido. No hay culpables. El silencio en el relato permite percibir sin necesidad de estridencias la desolación, el desvalimiento y la incomunicación de estos seres que se mueven hambrientos de amor por sus nocturnos parajes blancos.


Miriam Palma




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