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  • Foto del escritorDr. Goodfellow

Falsificadores literarios



FALSIFICADORES LITERARIOS

A lo largo de la historia, hemos asumido como normal la existencia de falsificadores en las artes plásticas. Y tal ha sido la naturalidad con la que hemos integrado este hecho en nuestra conciencia, que algunos han llegado a alcanzar una fama que, en cierta medida y de forma más o menos efímera, ha podido acercarse a la de aquellos artistas a los que imitaban. Son bien conocidos los casos, por citar sólo dos, de Emyl de Hory, falsificador húngaro que aparece en la cinta Fraude de Orson Welles y al que Clifford Irving dedicó un libro; así como el de Han Van Meegeren, que se vio obligado a demostrar públicamente su capacidad para imitar el trabajo de los grandes del Siglo de Oro de la pintura neerlandesa tras haber vendido una de sus falsificaciones de Veermer a Hermann Göring durante la ocupación alemana. Acusado de colaboracionismo y expolio del patrimonio patrio por las autoridades, convencidas de la autenticidad del lienzo, no tuvo más remedio que desenmascararse y demostrar su increíble habilidad para la imitación.

Casos como los citados nos pueden llevar a preguntarnos, no sin motivo, si entre las muchas obras expuestas en los mejores museos no habrá alguna apócrifa aceptada universalmente como verdadera. Estoy seguro de que no será esta la primera vez que se asoman a una teoría conspiratoria respecto a la autenticidad de las obras expuestas al público. Sin embargo, esta circunstancia no es exclusiva de las artes plásticas. De hecho, es en la literatura; donde encontramos documentados algunos de los casos más curiosos de falsificaciones. Las hubo, incluso, que llegaron a formar parte del corpus canónico de grandes escritores, como es el caso de las rimas apócrifas, de cosecha propia, que Fernando Iglesias Figueroa hizo pasar por obra del mismísimo Gustavo Adolfo Bécquer. Habrá algunos lectores, ya añosos, que recuerden haber leído en su manual escolar, por ejemplo, A Elisa, poema que Iglesias Figueroa aseguró haber encontrado rastreando en revistas y periódicos de la época del poeta. Es Rafael Montesinos el que, en el año 1960, mientras preparaba una biografía de Bécquer, contacta con el falso investigador y, tras acorralarlo intelectualmente, lo obliga a confesar.

James Macpherson fue aún más lejos cuando aseguró, en 1761, haber encontrado un poema épico del siglo III, obra del bardo céltico Ossian, dedicado al rey Fingal. Poco más tarde, añadió a éste otros descubrimientos, supuestamente, del mismo autor, que publicó bajo el título The Works of Ossian. Gracias a estos falsos trabajos, Ossian fue considerado entre los románticos europeos una especie de Homero medieval. Walter Scott, lord Byron, Goethe o José de Espronceda, entre otros, declararon haberlo leído con entusiasmo. La polémica saltó cuando Samuel Johnson afirmó que los supuestos poemas de Ossian descubiertos por Macpherson no eran más que una mezcla de composiciones medievales y textos originales del propio autor escocés, que había creado así una obra más adaptada al gusto de la época.

Otros falsificadores, como el inglés Thomas Chatterton, mostraron sus innegables dotes para la ficción al no conformarse con regalar sus obras a alguno de sus antecesores de carne y hueso. Su caso, dada su increíble precocidad y su posterior fama, probablemente sea el más paradigmático de cuantos trataremos en este artículo. Con el noble propósito de salvar a su familia, y a sí mismo, de la pobreza, escribió con sólo once años su primera égloga, que le atribuyó a un supuesto monje del siglo XV al que bautizó con el nombre de Thomas Rowley. Lejos de conformarse con la invención del clérigo, Chatterton le añadió un grupo de autores coetáneos para los que escribió poemas y todo un corpus epistolar. El joven poeta hubo de darse buena prisa en cobrar los réditos de sus supuestos hallazgos, pues falleció con sólo dieciocho años tras suicidarse, según contaron los historiadores durante bastante tiempo, con una sobredosis de láudano. Las chicas de un burdel cercano a su casa culparon al panadero, que se había negado a darle a crédito una hogaza de pan, y el boticario, compungido, confirmó haberle vendido esa misma tarde un poco de arsénico y láudano. A la mañana siguiente, lo encontraron muerto, rodeado de sus poemas rotos en pequeños trocitos, tal y como lo retrata el pintor prerrafaelista Henry Wallis en el famoso cuadro que convirtió a Chatterton en un símbolo del genio no reconocido para los románticos. No obstante, según defiende el profesor Nick Groom, probablemente fuera víctima de una sobredosis accidental. Al parecer, al joven poeta se le fue la mano aplicándose una solución de arsénico y láudano con la que intentaba curarse la gonorrea, y los trozos de papel que lo rodeaban eran sus escritos desechados, que solía destruir en trozos diminutos para que nadie pudiera usarlos. Se ve que no fue precoz sólo a la hora de escribir.

Me gustaría terminar, si me lo permiten, este recorrido por el lado más falsario de la literatura con la figura del poeta australiano Ern Malley. Un supuesto descubrimiento de Max Harris, poeta de vanguardia y director de publicación de la revista Angry Penguins, sacó a la luz en junio de 1944 la obra inédita de un poeta fallecido. The darkening ecliptic; constaba de diecisiete poemas que la hermana de Malley encuentra tras su muerte y los envía al editor, que los recibe entusiasmado, convencido de haber descubierto a un autor a la altura de Dylan Thomas. El problema es que en realidad se trataba de un engaño perpetrado por James McAuley y Harold Stewart, dos poetas amigos, pertenecientes al círculo bohemio de Sidney, que querían poner de relieve que el modernismo se había excedido en su afán vanguardista. Para componer los diecisiete supuestos poemas de Malley, McAulley y Stewart se dedicaron a anotar lo primero que se les pasaba por la cabeza y a buscar en el diccionario palabras al azar, ensamblándolas después en frases carentes de sentido. Tras desvelar el engaño, que provocó el cierre de Angry Penguins, parecía que los enemigos de la poesía vanguardista habían ganado la batalla. No obstante, esto cambió cuando Max Harris fundó en 1961 otra revista, a la que llamó Ern Malley’s jounal, en la que reedita The Darkening Ecliptic, defendiendo que, pese al engaño de la autoría, la genialidad de los poemas era auténtica. Otros poetas han seguido reivindicando el valor de esta obra, que sigue reeditándose y que muchos consideran lo mejor que salió de la pluma de McAuley y Stweart. Y es que, como afirmaba Max Harris, «A veces, el mito es mayor que sus creadores».


Manuel Valderrama Donaire

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