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  • Dr. Goodfellow

Totalidad sexual del cosmos, de Juan Bonilla


Despido el año en la consulta del Doctor Goodfellow con un libro ya antiguo. Con «antiguo» me refiero a abril de 2019. O sea, de nuestra etapa prepandémica, que cada vez nos parece, a la par que lejana, más feliz. En esta ocasión tendría que darle la razón a Jorge Manrique y confirmar que «cualquiera tiempo pasado fue mejor».


Por otra parte, o además, la obsolescencia programada parece que empieza a extenderse hasta a los libros, lo que resulta bastante alarmante. Pero es que hoy en día las cosas ocurren a tal velocidad, también en el mundo editorial (a un libro le suceden cientos de libros), que imagino que este Totalidad sexual del cosmos, de Juan Bonilla, ya no rondará por los estantes de esos curiosos establecimientos que algunos solo frecuentan de higos a caracoles. O sea, que no los frecuentan. Y es una lástima, porque para mí ha sido todo un descubrimiento y un regalo navideño anticipado y sería bueno que estas líneas sirvieran a más de uno para regalarlo o autorregalárselo.


Totalidad sexual del cosmos trata de una obsesión. La de un narrador cuyo nombre se nos oculta hasta el último capítulo (miento: léase la dedicatoria) por la mujer que aparece retratada en la cubierta: una belleza de ojos hipnóticos llamada Carmen Mondragón, conocida como Nahui Olin, aunque mucho me temo que ni siquiera con ese nombre consiguió trascender.


Porque lo que sí se deduce de estas extraordinarias y arrebatadas páginas (en eso entraré después, en la fórmula narrativa) es que Carmen-Nahui no destacaba en ninguna de las dos facetas, y si fue conocida en los círculos intelectuales del Méjico de principios de siglo (al xx me refiero), algunos de cuyos protagonistas asoman por estas líneas (la protagonista fue pintada por los muralistas Rivera y Montenegro, dibujada por Santoyo y Alt, fotografiada por Weston y Garduño), fue por su audacia, su libertad, su desinhibición, sus escándalos, su sensualidad, su sexualidad, su exposición continua, sus ideas peregrinas y un largo etcétera de excentricidades más que por su obra, algunos de cuyos fragmentos se reproducen en el texto para provocarnos extrañeza o confirmarnos que a la mujer le faltaba algún que otro tornillo.


El título de la novela, que puede resultar extraño, es en realidad el de uno de los libros de la mejicana, que reúne sus teorías filosóficas-metafísicas en un intento «de derribar los análisis científicos con puerilidad poética». De confirmar «la condición divina de cada yo» y explicarse a sí misma. De encontrar su papel en «esta totalidad sexual del cosmos que habitamos y donde todo es uno y sólo uno: el daño y el placer son uno, la vida y la muerte son uno, tú y yo somos uno»; en ese universo infinito cuya explicación y límites le obsesionan (El infinito en lo ínfimo encabeza uno de sus cuadernos) y sobre el que expone sus creencias en ideas tan interesantes y acertadas (porque inteligente tenía que ser, quién podría negarlo) como «el infinito expresado en escritura dejaba inmediatamente de serlo como ahora dejaba de ser ahora en cuanto se pronunciaba». Algo con lo que solo podemos comulgar o participar porque es una verdad como una casa. Algo que, además, define la fórmula narrativa, que se desenvuelve en un obsesivo presente como muestra de la inexistencia o anulación del tiempo a la que Nahui Olin aspiraba a través del mecanismo de no generar recuerdos, de conseguir días chatos e iguales que no se diferenciaran unos de otros («Abolir el tiempo» se llama uno de los capítulos de la tercera parte, «Sin principio ni fin»)[1].


De hecho, cada sección se inicia con un «Ahora es» que nos hace avanzar de una manera vertiginosa y limpia por las distintas etapas de su vida, desde sus tempranas tentativas de prostitución, por mero deseo de provocar y mostrarse como un ser superior e inaccesible, pasando por su viaje a Europa tras la caída en desgracia de su padre (quien, por cierto, inventó un arma que dejó en la conciencia de Carmen muchos muertos), su matrimonio fracasado con un pintor homosexual, del que destaca su insoportable narcisismo (aunque qué artista no carga su buena porción), su victimismo y su hipocresía, hasta llegar a sus sucesivos amantes, con los que mantenía una extraña relación de vampirismo y dependencia. Porque, siendo, como era, un ejemplo de liberación femenina en muchos aspectos, su carácter contradictorio la conduce a unos enamoramientos enfermizos, a una paradójica subordinación. Solo con el capitán Agacino vive una etapa de felicidad, un oasis de calma, que se trasluce incluso en la forma de transcribirse esa parte de la historia, definida por una mayor sencillez. Será verdad eso de que el dolor es más productivo en literatura.


En fin, que la pintora naif y poeta mejicana tuvo que ser fascinante, y eso se refleja en la leyenda que dejó tras de sí. Una leyenda de locura que el narrador quiere desmontar pero no puede, y que la convierten en un personaje novelístico sí o sí.


Porque es digna de cualquier narración la muerte prematura del hijo, envuelta, como todo, en una aureola de misterio. Su casi paso por Hollywood, que vio como una feria de vanidades y falsedades de la que no quiso participar. Su relación tormentosa con un famoso y viejo vulcanólogo, que nos hace pensar, y mal, en la de la escritora-pintora con su padre. Sus últimos días en la pobreza, rodeada de gatos, envuelta en una sábana en la que había pintado a su enamorado capitán para que la siguiera abrazando más allá de la muerte.


Por último, en la tercera parte conocemos más directamente al narrador Tomás Zurián, su empeño por rescatar cuadros y fotos de la autora, su abandono del trabajo anterior para dedicarse en cuerpo y alma al rescate de una vida de la que apenas llega a conocer unos fragmentos, y así entendemos el tono entusiasta adoptado en esta recogida de huellas del paso de Nahui Olin por la tierra para que otros (él, por un lado, Juan Bonilla, por otro) la mantengan viva, que es, desde luego, lo que consigue esta novela, en la que «no solo estaba “revelando” a la criatura que de un zarpazo me había escogido, sino que, de alguna manera, también la estaba inventando».


Elena Marqués

[1] No quiero volver a interrumpir, pero tampoco dejar pasar esta cita: «El yo no necesita de nombres propios. Los nombres propios son jaulas para esa fuerza primordial que es lo único que puede vencer a la muerte, trasponerse en el tiempo».

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