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  • Dr. Goodfellow

PROSAS APÁTRIDAS, de Julio Ramón Ribeyro



No todos los libros que adquirimos, con el tiempo, se ganan su espacio en nuestra biblioteca; algunos van y vienen sin dejar huella o rasguño, otros son prestados y olvidados sin dolor siquiera, y muchos son los que en demasiadas ocasiones dejan su espacio a obras que nos va pareciendo más relevante conservar. Este singular libro del extraordinario escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, el flaco, como también se le distinguía por su estrecha figura y su peso pluma, es uno de los que merece la pena conservar. Ribeyro pesaría 46 kilos a los 44 años, pero si de literatura hablamos se trata de un gigante. O a mí me lo parece.


Si bien es cierto que en los últimos tiempos se le reconoce ya como uno de los mejores cuentistas contemporáneos de América Latina, no es menos verdad que siempre anduvo por la periferia, compartiendo generación con otros compañeros que sí disfrutaron de grandes focos y atenciones que atrajo el Boom, especialmente si lo comparamos con las figuras que brillaban alto como Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes. Sin embargo, su personalísima voz, ha dejado libros memorables para los que amamos la literatura como La palabra del mudo (la compilación de sus cuentos) o La tentación del fracaso (diarios), y esta bella rareza, sus Prosas apátridas, todos publicados aquí en España por Seix Barral, en 2019, en edición conmemorativa por el noventa aniversario de su nacimiento.


Si aquellos libros iban prologados por Sara Mesa y Enrique Vila-Matas, respectivamente, este que nos ocupa hoy, está encabezado por el cineasta Fernando León de Aranoa, quien también publicó un libro de cuentos en la misma casa titulado Aquí yacen dragones. No puedo hablar mucho sobre aquel libro porque pronto lo olvidé, pero sobre este prólogo sí, al tenerlo más reciente. De todos modos, tampoco diré mucho, pues no aporta gran cosa, creo yo, literariamente, más allá de que el cineasta se reconozca admirador y conocedor de la obra de Ribeyro e intente arrojar algo de luz sobre la clave de su obra; que según él descansa en su mirada. Como la de cualquier poeta o artista destacado, por otra parte. Es siempre su manera de mirar la que marca la diferencia, ensancha nuestros horizontes y nos enseña a mirar también de un modo diferente. Exactamente como Aranoa sí hace en sus películas.


Es bien conocido que en sus cuentos, Ribeyro se encarga de dar voz a aquellos personajes que en la vida cotidiana están privados de ella: los marginados, los olvidados, los condenados a una existencia a la sombra. Y que transmite los anhelos y angustias de sus protagonistas a través de una prosa limpia, alejada de artificios. Pero este libro es distinto porque consta de doscientos fragmentos que no son cuentos, no son aforismos, no son poemas, microrrelatos ni entradas de un diario. De ahí precisamente el título apátridas, porque son prosas breves que se escapan a la etiqueta, que se sitúan fuera de las fronteras y en ellas podemos disfrutar de toda la sensibilidad y lucidez de la mirada de Ribeyro; es más, se me antoja como una serie de píldoras que concentran gran parte de su universo y la concepción que tiene de su oficio.



Reflexiones líricas, sabias y filosóficas, sin duda, para leer y releer, pues demuestran una inteligencia fuera de lo común y una capacidad para profundizar en las cuitas del ser humano admirable. A veces, recuerda a El Spleen de París, de Baudelaire, por su estructura fragmentada y destilación pura de la palabra, y también por su manera de observar ciertas escenas parisinas; de hecho, estas prosas apátridas fueron escritas en su mayoría también en París. El propio autor creo recordar que reconoce la influencia del libro del gran poeta aunque salvando las distancias, por supuesto.


Hacía tiempo que no doblaba tantas esquinas. Migas de pan sobre las que volveré una y otra vez porque el asombro es casi inagotable. Me gustaría volcar aquí unos cuantos fragmentos sólo como muestra para que vean que en esta consulta no vendemos humo, ni libros tampoco. En realidad, todo nuestro afán es recomendar lecturas atemporales. Pero, por otra parte, tampoco estaría bien que no pudiesen disfrutar de uno, a modo de aperitivo.

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Uno escribe dos o tres libros y luego se pasa la vida respondiendo a preguntas y dando explicaciones sobre estos libros. Lo que prueba que a la gente le interesa tanto o más las opiniones del autor sobre sus libros que sus propios libros. Y en gran parte a causa de ellos no escribe nuevos libros o solo libros sobre sus libros. Para contrarrestar ese peligro, tener presente que una buena obra no tiene explicación, una mala obra no tiene excusa y una obra mediocre carece de todo interés. En consecuencia, los comentarios sobran.


Las demás sería bueno que pudieran tenerlas a mano en su biblioteca. Ya me dirán si me equivoco. Se admiten reclamaciones.


Carlos Torrero

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