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  • Dr. Goodfellow

"Pájaros en la boca y otros cuentos", de Samanta Schwebling


Si tuviera que elegir un solo término para definir la impresión que esta fantástica antología de Samanta Schwebling, Pájaros en la boca y otros cuentos, ha dejado en mí, elegiría «desconcierto». Aunque quizás como sinónimo de angustia, o de temor, incluso a veces de dolor (pienso en el protagonista de «Un gran esfuerzo» y sus dificultades ante la libertad y el compromiso, y la expresión sinestésica de su sufrimiento), pues con esas sensaciones suelta uno el libro cuando se ve capaz de soltarlo.

Hipnotizado por una forma de apariencia seca en el narrar; por unos mundos que devienen extraños y/o misteriosos (de un hecho anecdótico, simple, como detenerse a tomar un refresco, puede resultar una catástrofe); por un resabio mágico que nos permite asistir, por ejemplo, a un «des-embarazo», el lector no puede dejar de pensar dónde está el truco de su genialidad; cómo puede contar un hecho con un punto de partida absurdo, verdaderamente estrambótico en ocasiones[1], con tan pasmosa naturalidad, asumiéndolo como cierto. Y que nosotros la creamos.

Uno de esos mecanismos, ya lo adelanto, es la conocida fórmula de la elipsis, de la omisión de datos que serían esenciales para el entendimiento. De no expresar con claridad qué es lo que está ocurriendo y abrir paso a la sugerencia, a la interpretación. Posiblemente porque ni siquiera sus protagonistas comprendan qué les sucede, que es como decir que así nos encontramos todos, horadando el pozo de la existencia sin conocer su sentido (en más de un relato sus personajes se dedican a cavar en busca de lo desconocido), viviendo sin obtener respuestas claras, pasando extrañas pruebas como matar a un perro para qué, sin demasiada conciencia del misterio que es verdaderamente la vida y viendo cómo esta no sigue una lógica y acaba cuando quiere. Como estos mismos cuentos que parecen no terminar o terminar antes de tiempo dejándonos una grieta por la que asomarnos aunque no veamos más que oscuridad al otro lado.

Será que no estamos del todo habituados a interpretar ciertas metáforas y alegorías. O que no queremos hacerlo por miedo a enfrentarnos a asuntos terribles. (Hay varios personajes depresivos a lo largo del libro; otros, absolutamente solos; otros, con una pulsión de violencia incontrolable). Léase, por ejemplo, el cuento que da nombre al volumen, que interpreto personalmente como un trasunto de la aceptación, aunque también trata uno de los temas preferidos de Samanta Schwebling: la dificultad de los personajes de relacionarse o integrarse en su entorno.

La cuestión es que esos hechos extraordinarios o inexplicables terminan por adquirir, en el seno del relato, visos de normalidad y cotidianidad, aunque quién lo diría en el caso de «Mujeres desesperadas». Pero ahí está el acierto: en plantearse, y plantearnos a los lectores, qué significa la normalidad, o si esta en verdad existe. Y, por supuesto, en la forma de contar, según ya he dicho, algo brusca, con más influencia de Carver y de Flannery O’Connor que de Cortázar, intercalando esos elementos que brinda la vida diaria que nos hacen introducirnos en la atmósfera, sentirnos cerca del narrador[2], con hechos fantásticos. Así la transformación de una niña en anciana («Última vuelta») o de un hombre en niño («La medida de las cosas»), o alguna experiencia extrasensorial («Agujeros negros») como expresión del laberinto circular en el que nos movemos. O la aparición de un hombre sirena que nos mira desde el muelle. O que mira a una mujer que no sabemos qué tiene pero algo tiene. Quizás una enfermedad mental, como la que lleva a un individuo a pintar solo cabezas golpeadas contra el asfalto o a interpretar un asesinato como un hecho artístico en dos de los relatos donde el humor negro esconde, o muestra a las claras, la capacidad crítica de Schwebling y su preocupación por esa línea difusa (un tema que se ve le interesa) entre el bien y el mal y, en definitiva, la atracción humanamente irresistible por la violencia.

Poco tengo que añadir, salvo recomendar la lectura de estas veinte narraciones para que podáis comprobar que Schwebling no es una joven promesa de la literatura, sino una voz diferente y poderosa que ha alcanzado altas cotas de originalidad y madurez en el difícil género del cuento.

Elena Marqués

[1] Léase «Hacia la alegre civilización», quizás de los más simbólicos, y enmaráñese en su situación de condena mitológica y siéntase una mezcla de Sísifo y de preso en un campo de concentración con síndrome de Estocolmo. Más o menos como las protagonistas de «Olingiris», hermanadas en un trabajo absurdo y sin sentido. [2] En muchas ocasiones se utiliza la primera persona, lo cual es un acierto. Genial resulta el narrador de «Papá Noel duerme en casa», pues escuchamos la voz y la estructura mental del niño que lo cuenta; e inquietantemente frío el de «Cabezas contra el asfalto» al transparentar el desequilibrio del protagonista.

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