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  • Foto del escritorDr. Goodfellow

La pupila azul



«¿Qué es poesía?», se preguntaba Gustavo Adolfo Bécquer justo antes de confundir la pupila con el iris. «Toda manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de la palabra, en verso o en prosa», le contesta, en su primera acepción, el diccionario de la RAE. Aún hoy nos preguntamos qué es lo que transforma un texto en material poético. Sobre todo después de la lectura de algunos poemarios que más parecen una compilación de letras de canciones en busca de partitura musical, reflexiones recogidas en frases taladas a hachazos de intro u ocurrencias de Twitter encadenadas. Tanta polémica ha despertado muchas de estas obras que se ha llegado a dudar si algún poemario premiado no podría ser hijo del algoritmo informático. ¿Sueñan los androides con el Nobel eléctrico? Estos libros son a la poesía, se apresuran a asegurar los más puristas, lo que el azul becqueriano a las pupilas a ojos de un oftalmólogo.

Es curioso, sin embargo, que los lectores, incluso los más puntillosos, no seamos tan exigentes con las etiquetas cuando nos acercamos a otros géneros literarios, especialmente el narrativo. A nadie se le ocurre, por ejemplo, poner en duda si es o no una novela el último producto firmado (a veces su nombre es todo lo que aportan a sus libros estos supuestos autores) por la celebridad televisiva de turno o el youtuber de moda. Tampoco nos planteamos la clasificación de esa literatura del yo que ha dado en llamarse novelas de autoficción por mucho que algunas se parezcan a una novela lo mismo que un huevo a una castaña. ¿A qué se debe esta diferencia de criterio? Aceptamos sin rechistar que una novela sea mala de solemnidad, que se note a leguas que es puro material comercial o que se parezca más a un diario personal que a una novela sin poner en duda su naturaleza literaria, pero nos convertimos en porteros de discoteca cuando alguien intenta pasar al local privado de los poetas calzando zapatillas deportivas. Claro que no son pocos los poetas que en privado, y a veces en público, consideran el narrativo un género literario menor pese a que apellidos tan ilustres como los de Joyce, Kafka o Woolf formen parte de este club.

Tal vez ha llegado el momento de plantearnos si nos hacemos la pregunta adecuada cuando nos enfrentamos a cualquier texto literario. Quizás debamos olvidarnos del verso becqueriano y dar por hecho que si la intención del autor o de la autora que los pergeña es la de escribir poesía lo que leemos es poesía, aunque sea de la mala, que también la hay. Ya en el pasado, algún insigne creador de ripios publicó su obra etiquetándola de poética y fue el paso del tiempo, siempre infalible, el que se encargó de colocarlo en el lugar que le corresponde. También, por cierto, hizo lo mismo con muchos novelistas, hoy olvidados, que despertaban pasiones entre sus coetáneos. Tempus edax rerum.


Manuel Valderrama Donaire


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