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  • Dr. Goodfellow

Formas de disparar un arma, de María Morales

Actualizado: nov 2



Una vez terminas de escribir tu libro, de revisar el borrador una y otra vez hasta que lo elevas a la categoría de manuscrito a fuerza de eliminar, de añadir, de cambiar el orden de los capítulos, de sufrir de insomnio por culpa de una palabra que no acaba de convencerte, viene el momento más temido y difícil para cualquier autor: intentar publicarlo. Y, para este paso, muchas editoriales incluyen entre los apartados de tu propuesta uno en el que solicitan de forma explícita que indiques los parecidos razonables. Es decir, que les incluyas una lista de obras y autores similares. Y ni se te ocurra decir que el tuyo es un libro distinto a todo lo que se ha hecho hasta ahora porque, si no lo pueden etiquetar, no se van a tomar el esfuerzo ni de empezar a leerlo. Con este panorama no es extraño que nos encontremos con un sinfín de novelas escritas bajo un patrón perfectamente predecible, obras realizadas bajo el dictado (¿dictadura?) del paladar de los lectores menos exigentes. Esos que le piden al librero de guardia un texto que sea lo más parecido posible al que acaban de terminar de leer.

¿No me creen? Hagan la prueba. Entren en una librería y cuenten el número de títulos de novela negra que parecen escritas por un hermano murciano de Joël Dicker, los de imitadores de Murakami, los de autoras de blandiporno romántico a lo Megan Maxwell, o los de relatos que uno juraría que son una mala traducción al castellano de un autor estadounidense y resultan estar firmadas por un señor que vive en Cádiz. Hoy por hoy, la mesa de novedades de una librería es lo más parecido a la versión impresa de un concierto de grupos tributo. Es lo que hay.

Pero no nos engañemos. Esto no es solo cosa de los superventas o de la sección de libros de los grandes centros comerciales. Hasta las editoriales y los autores independientes con veleidades artístico-literarias han acabado cayendo en esta práctica. ¿Cuántos libros han leído últimamente en los que la narrativa apenas existe, subordinada por una trama que se mueve a golpe de reflexiones de un narrador (o narradora, que en esto somos igualitarios) protagonista que se encuentra desubicado en su búsqueda de nuevas formas de masculinidad, maternidad, relaciones afectivas, etcétera; novelas-río escritas en primera persona que son retratos más que relatos, en las que su autor, en lugar de colocar a un personaje a actuar en mitad de una trama, lo pone a meditar y dar vueltas sobre las mismas ideas hasta que decide poner fin al libro sin que se haya resuelto nada?

Por eso uno no puede evitar celebrar, como si de un gol del Betis se tratara, encontrarse con un libro como el de María Morales. Porque la suya es una novela mestiza, un libro híbrido en el que su autora nos cuenta (qué importante este verbo) con una voz diferente, propia, su propia historia, sí, pero también otras historias que no son la suya y, al mismo tiempo, forman parte de ella. Y es que Formas de disparar un arma es una autobiografía, pero también es un collage en el que caben la novela testimonial, las memorias de familia, el ensayo sobre la creación literaria y los cuentos. En el que las referencias culturales pueden mezclar sin pudor el techno-pop de los Modern Talking con la alta literatura. María utiliza el relato (también es importante este sustantivo) de su vida para desentrañar los secretos de la creación literaria. Para explicarnos, a modo de taller de escritura, cómo ser certeros a la hora de narrar. Pero no se limita a hacerlo siguiendo una estructura basada en la mera asociación de ideas. Lo hace con su planteamiento (en el que nos cuenta cómo una niña se hace lectora gracias a la varicela), su nudo (una mujer que se convierte en alumna de talleres de escritura para salvarse) y su desenlace (cuando la alumna se convierte en monitora para poder pagar el recibo de la luz). Esta novela es todo eso y mucho más. Es una conversación continua de la autora con sus lectores. Un viaje en el que la narradora, una especie de Virgilia del siglo XXI, nos lleva de la mano por su propio infierno portando siempre una lucecita encendida de humor y esperanza para no dejarnos a oscuras.

Es, en definitiva, este libro una brisa fresca. Una ventana abierta en medio de un panorama cerrado. Pero, por encima de todo, es una historia. Porque, como bien dice su autora en la estupenda digresión con la que nos introduce en su propio universo a través del accidente de un submarino ruso, ¿para qué sirve la literatura? Pues para contar historias. Ni más ni menos.


Manuel Valderrama Donaire

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