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  • Dr. Goodfellow

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Tîbuleac

Actualizado: jul 23



Siempre pongo como ejemplo de principios formidables el de L’étranger de Camus. «Aujourd’hui, maman est morte. Ou peut-être hier, je ne sais pas».

A eso me ha recordado este inicial «Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años». A partir de esa extraña oración, en que se combina la manifestación de una pasión irrefrenable con un hecho trivial en un chato enunciado sin emoción aparente, se nos revela una voz irritada e irritante que se expresa de una manera brutalmente desinhibida sobre la difícil relación materno-filial y, por ende, sobre la relación con el resto de la humanidad. Como si ese vínculo tiñera de gris su forma de mirar el mundo.

Sin embargo, nada más lejos de un tono desvaído y/o sombrío. Parece ser que la rabia puede transmitirse, además de con frases cortas y rotundas (con estas dos, «No había cambiado nada. Mika seguía muerta, y yo todavía quería pegar a la gente», termina el primer capítulo), a través de un fiero colorido de comparaciones y metáforas («Lo más curioso, sin embargo, era el aire de la casa. Húmedo y dulce, como un grano de uva pelado»), de observaciones tan duras e ingeniosas como esa inicial en la que comenta de su mejor amigo que «estaba con sus padres, que lo habrían vendido por sus órganos en un abrir y cerrar de ojos si no le hubieran importado los comentarios de la gente».

Pero empecemos por el principio.

Tras una primera escena de despedida de un curso que se presenta ordinaria y feliz, aunque, en realidad, se deja entrever que esos alocados adolescentes no salen de un centro de enseñanza común, sino de un psiquiátrico, se inicia la narración de un verano, el que da nombre a la novela, de una madre con su hijo adolescente en la costa norte de Francia. Las visitas al mercado, los paseos entre los girasoles, la descripción de la casa como un loco trasunto de ellos mismos, los horarios en los que se desenvuelven, las personas a las que conocen, dibujan una frágil imagen de cotidianidad que se ve perturbada por una terrible noticia que se había anunciado con pequeñas notas de malestar: la enfermedad de esa madre odiada de ojos verdes[1] que se va apagando poco a poco para descubrir los detalles de la vida anterior, con sus silencios y sus sentimientos de culpa y sus muchos temores de raíces religiosas, con sus dramas que han desembocado en lo que son hoy.

Así, del retrato del joven empeñado en la obligada tarea de autodestrucción, pasamos a una representación madura de sí mismo, una versión calma que se caracteriza por la entrega devota a los cuidados y el deseo de reconciliación y de perdón, pues no otra cosa cuenta esta historia de la rumana Tatiana Tîbuleac; una escritora valiente por cuanto, como ella misma comenta, en su país, hablar mal de una madre es prácticamente una blasfemia, y en este libro, escrito desde el corazón y las entrañas, desacraliza y humaniza esa figura tan importante en la conformación de la personalidad, en la manera de entender el pasado y enfrentarse al porvenir.

Confieso que, como dije al principio, ese cambio del niño, de una especie de monstruo irascible, al que vemos, además, sufrir crisis y alucinaciones, a un joven que empieza a descubrir y a disfrutar los colores del asombro y, por fin, a reír, y a transformarse en un dechado de entrega y de piedad en apenas unos meses, se me antojó demasiado extrema como para ser verosímil, y, a pesar de que el libro me había atrapado por su forma original y fresca de narrar, ese punto me decepcionó un poco.

Sin embargo, hay que recordar que, en el momento en que el narrador relata los acontecimientos, «cuando soy tan viejo como ella aquel verano», ha pasado bastante tiempo, y es el recuerdo, dulcificado por los años, y posiblemente por el deseo de que todo se hubiera desarrollado de otra manera[2], lo que se va formando ante nuestros ojos, que, por otro lado, disfrutan de la vivacidad de las descripciones, de los cambios de luz, de la llegada del viento y de la lluvia, de todos aquellos pequeños fenómenos naturales transidos de lirismo que cobran más valor que nunca como símbolos de vida cuando esta se evapora.

Tampoco debe pasarse por alto que el Aleksy que narra lo hace por prescripción médica (lo vimos saliendo de un psiquiátrico al principio, pero parece que los problemas con su mente y su corazón no terminan nunca), en un momento de bloqueo creativo (el protagonista es un pintor de éxito), por lo que interpretamos este libro de extraño nombre, un nombre que ya da pistas de que estamos ante un misterio, como un diario o un escrito dictado por la escritura automática o terapéutica, un texto confesional que transparenta con bastante fidelidad el espíritu contradictorio y atormentado de un hombre desamado por su propia madre y conformado por las circunstancias. Circunstancias que también hemos conocido de su propia voz transfigurada por el resentimiento y una sensación de vacío que describe de una manera tan gráfica como inconcreta: «sentí por primera vez en la vida una especie de desaliento general, una enorme falta de sentido y un vacío que empezó a crecer, a hincharse y a adquirir formas tan aterradoras que supe que jamás sería capaz de llenarlo con algo o con alguien».

Quizás esta frase me ha conducido de nuevo a Camus, porque para mí que es una descripción bastante aproximada de la angustia existencial, de la incertidumbre, de la necesidad de encontrar un sentido. Y que el protagonista de esta narración lo intente a través de la escritura no resulta un disparate. Somos tantos los que intentamos encontrar en ella una respuesta…


Elena Marqués

[1] La importancia de esos ojos como elemento que distorsiona la figura de la madre odiosa se refleja en el capítulo 4, compuesto por una sola oración: «Los ojos de mi madre eran un despropósito». Yo añadiría que los ojos son más bien un símbolo de ese amor perdido y recuperado, ese hilo del que podrá tirar el hijo para el ansiado reencuentro. [2] Me emocionan especialmente estos fragmentos presididos por el condicional y, aunque parezca extraño, la ternura, que aparece siempre con la evocación de la hermana muerta: «Si me hubiera hablado de esa manera, yo la habría comprendido […] Habría inventado para ella un millar de excusas, las habría escrito con mi mano de niño y las habría escondido discretamente en su boca para cuando llegara el momento de darme una explicación». «Pienso muchas veces en cómo habría sido nuestra vida si Mika no hubiera muerto. Si no se hubiera perdido de forma accidental aquel frío invierno, como se pierden los caramelos en los bolsillos de los niños. Mika era nuestro pegamento, nuestra araña querida que nos había atrapado a todos, como a unos insectos, en su telaraña mágica y nos retenía en ella. Mika fue el único motivo por el que nos sentimos una familia durante varios años y no nos destrozamos como los perros rabiosos que éramos».


Elena Marqués

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