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  • Dr. Goodfellow

El samurái de los cojones


Hace unos días, acompañé a mi cuñada a hacer una banal transacción burocrática de esas que de vez en cuando nos requiere el mundo que hemos manufacturado. Al salir, llovía con rabia, así que nos refugiamos en una librería. Pregunté por relatos escritos por mujeres, porque ya hace tiempo que voy huyendo tanto del onanismo grupal que me parece gran parte de la literatura publicada por hombres como de la longitud épica de las narraciones de los últimos años. Ante la escasez de opciones, mi cuñada me señaló un libro de relatos de María Kodama y lo compré inmediatamente sin saber nada de él.


He de confesar que solo he leído el primer relato, el del samurái. Eso sí, lo he leído dos veces. La primera, me costó entrar en la historia porque las palabras no llegaban a formar imágenes en mi mente con las que pudiera relacionarme. No dejaba de preguntarme, en arrebatos de expresionismo machista: “Y ¿a mí qué me importa el samurái este de los cojones?”. Pero, como no me gusta dejar por leer nada, especialmente si es tan corto, me obligué a terminarlo. Cuando lo hice, le di la vuelta al libro y leí la breve cita de Eudald Espluga en PlayGround. Tocando el borde de la indignación, se me generó dentro un relato propio que titulé, provisionalmente, “El samurái de los cojones”, una historia altamente derivativa (¿qué texto no lo es?) pero terapéutica. Para prepararla, leí el relato otra vez. Y tengo que decir que, vale, conecté un poco más.


Relajada ya por mi parida (en el sentido reivindicativamente etimológico de la palabra), se la envié a mi cuñada para que se riera conmigo. Pero resulta que mi cuñada es Aurora Delgado García y me responde: “Joder, es una especie de reseña. Y me parece que tu relato abre un camino a explorar a la hora de escribir reseñas”. Y me sugiere que contextualice el libro y el relato, y que mande alguna fotillo. Así que aquí está esto. Lo único que espero es que, si este nuevo género llega a prosperar, su alumbramiento no se atribuya a ninguna persona con cojones, sino a las dos mujeres que dieron con él. Con cuatro ovarios.



Y comprendió en ese preciso instante…

Relato/Reseña



La nieve no dejaba de caer sobre el joven samurái, pero este permanecía aparentemente imperturbable. Su triunfo dependía de su propia sumisión, de que permitiera que el agua helada resbalara inerte sobre su superficie estatuaria. En su mente, cada copo se transformaba en un pétalo de flor de cerezo justo antes de tocar su piel desnuda, de manera que la única reacción que debía controlar era la de una caricia suave, casi una cosquilla amable.




Nieve, samurái, cerezo…


Futuro, pasado y presente.


Frente a él, el templo al que prometía su vida fingía indiferencia. La montaña inmortal que lo vio nacer permanecía muda tras él, en la distancia. Y a sus pies, su catana, que había sido forjada por el mejor maestro herrero del país y por el valor de sus antepasados, se asemejaba a una sonrisa dentro de su shirasaya. ¿Era una sonrisa? ¿O era algo más?



Catana, antepasados, shirasaya


En ese preciso instante, un pétalo chocó contra su pezón izquierdo y se fracturó en mil pedazos. Sin que su cuerpo delatara la más mínima agitación, sus pensamientos formaron un escudo alrededor de la imagen del habaki, que contenía todo el peso de la tradición.


Habaki, tradición, la hermana de Emma-Ô…


“Fuck it!” Le salió así, en inglés. A su editor le gustaría más que “a la mierda”, por ejemplo. Cerró las páginas de Wikipedia una tras otra. “A la mierda.” Recogió los recetarios que estaban esparcidos sobre el tatami y marcó el número de su editor. “Si quiere y puede, que llame a María Kodama, que dicen que dicen que es ‘una escritora de la talla de Elena Garro’.”


Celeste Delgado Librero


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