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  • Dr. Goodfellow

El ojo castaño de nuestro amor, de Mircea Cărtărescu





Un atropello. Podríamos decir que leer a Mircea Cărtărescu es como sufrir un atropello; gozoso, en este caso, pero un abuso, al fin y al cabo. A mí me han atropellado y sé lo que se siente, por suerte puedo contarlo. Y eso hago:


Leer a este autor es como si te pasara por encima un gran mamífero literario y te revolcara por el alto cielo y el sucio fango a la vez. Al menos, es lo que he sentido al adentrarme en este libro del autor rumano, publicado (como el resto de su obra) por la editorial Impedimenta, una editorial que a muchos nos tiene subyugados por su espléndido catálogo (especial mención a Jon Bilbao) y, sobre todas las cosas, porque sus libros, como objeto, son una verdadera fantasía. No en vano ganó el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural en el lejano 2008 y sigue dando guerra, no por casualidad. Si la imagen del atropello hiere sensibilidades, tengo otras que podrían ajustarse, tal vez: Un alud de palabras que te cae encima y te entierra hasta que comprendes. Porque al final, aun aturdido y atrapado por la telaraña de palabras que ha tejido, comprendes.


El libro, publicado en 2016, consta de veinte relatos autobiográficos y se me antoja, en cuanto a su estilo, una puerta de entrada bastante asequible y agradecida a su singular y vasta obra. Y, aunque no la he leído entera, podría decirse que aconsejamos mejor iniciarse en su universo alucinado con este libro que con otros libros suyos, como, por ejemplo, su obra magna y más totalizadora hasta la fecha: Solenoide (2017), o su Poesía esencial (2021). Con todo, en este volumen el lector encontrará ya muchas de las semillas y temas que obsesionan al autor, tales como el amor, la mirada, el sexo, la muerte, la nostalgia, el propio lenguaje, la melancolía y la historia de su Bucarest natal.




Y es que Cărtărescu, además de narrador superdotado, es ante todo poeta. Y pintor. Y músico. Y filósofo. Y matemático. En suma: un verdadero artista. Y, como tal, la verdad de su escritura es capaz de aplastar en un solo párrafo las obras completas del ejército de redactores de turno que copan las mesas de novedades cada mes. Tal vez por ello suene cada nuevo año como candidato al Premio Nobel con mayor insistencia. O quizás no lo gane nunca precisamente por eso. En Suecia, ya se sabe, pasan cosas muy raras.


La traductora es la brillante escritora y profesora Marian Ochoa de Eribe, traductora en España de Mircea Cărtărescu y Tatiana Tibuleac. Aprovecho para recomendar desde aquí el ciclo de charlas que realiza la querida y prestigiosa librería de Cartagena La Montaña Mágica, a cargo del poeta y librero Vicente Velasco Montoya, entre cuyos méritos quijotescos se encuentra también haber fundado el sello editorial La Estética del Fracaso Ediciones, responsable de los últimos poemarios de destacados poetas murcianos como Cristina Morano, Diego Sánchez Aguilar o Domingo Llor. Aquí la interesantísima charla entre Vicente Velasco, abnegado admirador de Mircea Cărtărescu, y Marian Ochoa de Eribe, su traductora:



El aliento poético que recorre este libro, como siempre en la literatura de este autor rumano que empezó siendo poeta y dejó de escribir versos en torno a la treintena, es innegable y, por tramos, algo denso, es verdad, Sin embargo, el lector no perderá nunca de vista un recorrido tan personal por su paisaje biográfico, literario y geográfico a orillas del Danubio. Un viaje no exento de asfixia y tormento, pero donde la belleza y el amor por la palabra están garantizados. Algo que algunos lectores valoramos en grado sumo.


A mí me han interesado especialmente Pontus Axeinos, Mi primer vaquero (fue miembro del grupo de escritores rebeldes conocido como «la generación de los blue jeans»), La época del Nes (donde reconoce los peligros de la adicción al café), Una ducha no-laodicea (en el que hace un extraño descubrimiento sobre Lolita, de su admirado Nabokov), El gato muerto de la poesía de hoy, Europa tiene la forma de mi cerebro y Forever Young, cuyo comienzo nos resulta extremadamente revelador:


En cierta ocasión, el pintor Hokusai dijo: Empecé a pintar a la edad de cuarenta años. A los cincuenta terminé mi noviciado. A los 60 había comprendido mi arte. A los 70 alcancé la madurez. Ahora, a los 80 años, me encuentro entre los pintores más conocidos. A los 90, seré el primero. Y si se me concede vivir hasta los cien años, llegaré a ser perfecto.

Felices tiempos en los que envejecer era sinónimo de acumular conocimiento y sabiduría. Y en los que, a su vez, el conocimiento y la sabiduría eran el equivalente de la excelencia artística. Hoy, cuando todos somos famosos un cuarto de hora, tal y como dijo Andy Warhol, resulta muy difícil imaginar semejante progresión sosegada en los arcanos del arte.


Mircea Cărtărescu (Premio Formentor de las Letras en 2018 entre otros muchos premios en su haber) tiene ahora 66 años. Podría decirse que ha empezado a entender su arte. Nosotros, sus atrevidos lectores, empezamos a celebrar su madurez.



Carlos Torrero




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