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  • Dr. Goodfellow

EL MIRLO BURLÓN de JOSÉ MARÍA CONGET


Con la excusa del reencuentro de los antiguos miembros de un seminario de Filosofía, José María Conget vuelve a Zaragoza, la ciudad donde nació, y parece decirnos que aunque cambien los nombres de las calles, desaparezcan algunos bares y los parques sean sustituidos por edificios, incluso aunque nosotros creamos verla con otros ojos, la infancia y la juventud se han quedado congeladas, la ciudad se ha llenado de fantasmas y el presente se ha convertido en un pasado eterno. El autor -que no se esconde y en repetidas ocasiones alza la voz para reivindicar su autoría y mostrarnos el proceso creativo- realiza un repaso tanto a la realidad socio política como a las repercusiones futuras de los actos de juventud, y reflexiona sobre la incapacidad de construir el relato de nuestra propia historia porque desconocemos todos los datos.

En la primera parte se muestra el presente, antes de la reunión, de los cuatro personajes masculinos. Conocemos a Rafael, jesuita, inteligente y atractivo, de familia acomodada, continuo referente del resto ya que fue el profesor del grupo, que a pesar de su aparente éxito intelectual guarda varios secretos y no ha querido volver jamás a la ciudad; a Ismael, escritor metido en lo fácil, sin hijos ni esposa, con una vida aburrida, descreído y escéptico; Patricio, cínico político socialista, casado pero con varias amantes, que se cree lo suficientemente listo para manipular a cualquiera; a Juanjo, profesor de instituto, divorciado con una hija a la que adora, de carácter afable y poco autoritario, que se considera a sí mismo un mediocre; y todos, salvo Rafael, añoran un imposible amor de juventud. En las primeras páginas el jesuita muere de un infarto mientras recuerda las inquietantes palabras: “Te quiero tanto que te habría matado”, y a partir de ahí el autor -utilizando un estilo rápido, donde los diálogos se visualizan de una forma muy real-, recurre a una auténtica intriga político-policíaca, va dejando tanto pistas como numerosas elipsis: “Por eso Rafael recurrió a él cuando.”, que serán descubiertas, aunque solo a medias, al final.

En la segunda parte vivimos la juventud de los protagonistas, su mundo universitario en Zaragoza, la formación del seminario de filosofía sobre existencialismo y humanismo, sus aspiraciones amorosas con Alicia, las de la propia Alicia, sus inquietudes políticas y la conciencia de clase que para unos era una reivindicación y para otros una losa vergonzante: “todo tenía que ver con la moral ramplona de la clase media baja local, o sea, con la de la familia del propio Ismael.” Alicia, la única mujer del grupo, hija de una actriz y de un exiliado republicano que vive en Londres, es un soplo de aire fresco para los jóvenes inmersos en el ambiente gris y represivo del tardofranquismo, y se vuelve una obsesión omnipresente para ellos: “Abeja reina de la pequeña colmena del seminario, la deseada y la diáfana y al mismo tiempo la misteriosa”, porque ella también tiene sus propios secretos y sus prejuicios sociales que no le dejan ver la realidad.

El autor hace caminar a los personajes por donde él caminó -a veces se convierte en un personaje más- mientras muestra con evidente conocimiento los cambios sociales en su antigua ciudad, la lucha de los partidos políticos, la muerte de Franco, y los miedos y las incertidumbres de los jóvenes a su propio futuro. El personaje de Ismael además le sirve para realizar una acertada y humorística crítica de los escritores: “por no hablar del estilo, elaborado y elegante, sarcástico y delicado, a medio camino de Proust y de Valle Inclán, pongamos” y del mundo literario.

En la tercera parte se produce el ansiado reencuentro y volvemos al presente, pero ya no son los mismos, no se reconocen porque la memoria está basada en seguridades y confianzas sin base sólida, o incluso incompleta, lo que la convierte en una estructura frágil que al pasar los años deja al descubierto las mentiras, disimulos y carencias que su amistad tuvo. Un ajuste de cuentas con el pasado que los devuelve a un presente que puede no gustarles. Pero quizás debamos hacer caso al “narrador de esta historia, que lo sabe, puede certificar, además, que los cuatro se querían y querían al maestro”, aunque ahora se pregunten si son amigos o fantoches que siguen prolongando un teatrillo.

La cita inicial sobre la juventud de El tiempo de las cerezas, nos recuerda la del poeta William Wordsworth, muy conocida cinematográficamente por “Esplendor en la hierba”. No solo el cine, sino también la literatura y en general el arte, cobran importancia creadora en el relato. Ismael y Juanjo son empedernidos cinéfilos, por el disfrute estético y porque es un refugio e incluso una suplantación de la personalidad, ya que, sobre todo el primero, observan su vida a través de las películas. La impronta del cine se adivina también en el autor al recrear conocidas escenas: cuando Alicia y Juanjo hablan en la cama por al noche, con una preciosa descripción de la voz de la primera, recordamos las conversaciones de la niña con su abuela en el “El Sur”; o en la soledad de Ismael momentos antes de enfrentarse al profesor vemos la imagen de Gary Cooper; y hasta Dios debe rendir pleitesía al cine: “Dios existe porque alguien debe mantener el mundo con su mirada”, el ojo de Dios es el de Anthony Perkins en el famoso y siniestro motel.

El autor que crea la historia crea la vida, incluso puede que también el pasado, y en su mirada nostálgica hay una sonrisa al contemplar la ingenuidad de lo que él fue / fuimos, porque como dice Alicia: “Muchas cosas de entonces hoy me parecería cómicas si las leyera en una novela de aprendizaje en tono de comedia”. La misma sonrisa del mirlo burlón.


Reyes García-Doncel



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