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  • Dr. Goodfellow

Autobiografía, de José Luís Peixoto


«Relatarme a mí mismo a través del otro y relatar al otro a través de mí mismo, esto es la literatura», reza la contracubierta de la última novela de José Luís Peixoto, Autobiografía, cuyo nombre, en principio, como la noche a aquel personajillo de Salsa rosa, nos confunde.


De hecho, en la imagen que sirve de frontispicio al libro, un diseño, en mi opinión, muy acertado, entre los (nótese el guiño, o el símbolo, o la metáfora) fragmentos de papel que componen y rodean el rostro de Saramago (¿se trata, pues, de una reconstrucción de la figura del premio Nobel?, nos preguntamos), se nos avisa con el sintagma «una novela» para «conducirnos por el buen camino» de la identificación genérica (como si eso tuviera demasiada importancia); para indicarnos que este juego-homenaje, tanto al inmortal portugués como al acto de crear, no es sino una ficción (pero ¿no lo es toda biografía, no lo es la memoria?) que se mueve entre dos Josés escritores: el autor de La muerte de Ricardo Reis, obra con la que, creo, la presente guarda ciertas concomitancias[1]; y el narrador de esta historia, hasta el punto de llegar a sugerir, en algo que parece delirante paradoja pero no lo es en la construcción y el desarrollo de la novela, que son una misma persona.


Porque son muchos los elementos en común entre el personaje al que se le encarga la escritura de la biografía que «no es exactamente una biografía [...] sino un texto de ficción de cariz biográfico», se nos recuerda una y otra vez, y su objeto. Ambos publicaron su primera novela muy jóvenes. Ambos se enfrentaron a la dificultad de volver a escribir una segunda, que es el punto cronológico en el que encontramos en estas páginas al narrador hasta que, por fin, en ese maravilloso cierre que nos remite a la oración inicial («Saramago escribió la última frase de la novela»), se lanza a la aventura («José escribió la primera frase de su novela»). A ello se suman, como el mismo Peixoto confiesa, y para (y cito a Borges: así no me equivoco) profundizar en esa verdad de que «cualquier hombre es todos los hombres», concomitancias con la propia biografía del autor: su procedencia rural, su relación con Cabo Verde, donde ejerció de profesor; el hecho de haber robado algún libro; y también el haber publicado muy joven.


Quienes me conocen saben que soy enamoradiza y entusiasta. Que puede que a veces, sin ningún criterio objetivo, alabe lo leído como si se me hubiera revelado la mismísima divinidad. También es cierto que siento debilidad por las novelas que tratan sobre la creación literaria[2], por esas obras que investigan los límites entre la realidad y la ficción; pero no lo es menos que, en muchas ocasiones, tales búsquedas se resuelven de una manera artificiosa, y que nos sentimos engañados al apreciar claramente la sombra del autor moviendo a sus personajes como si fueran marionetas. No es el caso.


A mí, sinceramente, la novela me parece perfecta. La arquitectura es inmejorable (y eso que no he hablado del librero y lector Fritz, enceguecido en su viaje a Goa en busca del padre perdido; ni de las esclarecedoras citas de Saramago distribuidas como encabezamientos a lo largo del libro); la voz, original, potente y poética, a la vez que absolutamente verosímil. Incluso cuando, en un arrebato de, por llamarlo de algún modo, realismo mágico, José asiste, desde la ventana de la casa de Bartolomeu, a una lluvia de libros de Saramago justo en el momento en que se anuncia su obtención del Premio Nobel. A esa verosimilitud contribuye no poco el hilo narrativo (no todo va a ser reflexión literaria), que es lo que nos pone los pies en el suelo; esa trama donde los escasos personajes se mueven en un círculo cerrado en el que también el azar y los encuentros (Bartolomeu y la madre de José, ese otro en la Feria del Libro de Frankfurt) juegan su papel.


En resumen, esta arriesgada investigación-recreación sobre la figura de Saramago es Literatura con mayúscula: Literatura que se ofrece en su función de espejo donde mirarnos y ¿encontrarnos?, en su necesaria reflexión sobre la identidad y la otredad, sobre la vida, que es caos (lo es la existencia del narrador, roto entre las apuestas y el alcohol) hasta que las palabras la fijan en la superioridad del arte, lo que me ha recordado a una de las reflexiones de Menéndez Salmón en su maravilla No entres dócilmente en esa noche quieta sobre la labor de juntar palabras dirigida a «la construcción de un remedo de orden, de una organización superior» (para dar un significado a lo que no siempre lo tiene, añado yo); o a aquellas otras de Irene Vallejo al hablar del milagro del libro como receptáculo de «las ficciones que inventamos para dar sentido al caos y sobrevivir en él».


Elena Marqués


[1] Hay mucha metaficción en el texto, mucha metaliteratura. Baste con pensar que la novela que acaba de terminar Saramago en el primer capítulo no es sino Todos los nombres, protagonizada, precisamente, por otro José más, el único identificado en la obra. Y, aparte de eso, ¿quién no recuerda El hombre duplicado? [2] No me resisto a reproducir este fragmento: «Ansiaba las páginas de esa novela invisible, cada palabra como una montaña, pesada, difícil de escalar, que cubría el horizonte y, al mismo tiempo, era el horizonte».

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