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Acudiendo a la consulta del Dr. Goodfellow de Elena Marqués



No hace mucho, quizás a mediados de año, supe por unos amigos que el Dr. Goodfellow, «eminencia psicoliteraria y académica de primer orden» (cito a Aurora Delgado, una de sus más reputadas pacientes), había abierto consulta en la ciudad. A mí, que se me hace cuesta arriba enfrentarme al examen o consulta de un médico, me apetecía, empero, compartir con él algunas cuitas difusas, ciertas congojas inespecíficas, segura de que habría de entenderme, o al menos escucharme, que es el paso previo para lo primero aunque no todo el mundo atienda a premisa tan natural como etcétera.

Me encaminé, pues, hacia su casa, que tiene algo de turbio y macilento, como sacada de una cinta de los años treinta o de una distopía postapocalíptica. Allí, ante la oscura fachada, me detuve un momento a examinar con atención/prevención los nombres del portero electrónico esperando encontrar entre sus vecinos los consabidos detectives privados, agencias de actores con las miras puestas en Broadway, pianistas ciegos, discípulas de Diógenes o a Diógenes mismo. Y, por supuesto, tras la puerta grafiteada, una sórdida escalera de tramos largos y descansillos lóbregos envuelta en su atmósfera de humo y desencanto, que es la apropiada para quienes, habiendo perdido el tren de la poesía, viven en permanente estado crítico.

Me diréis que he visto muchas películas, y no voy a negarlo, aunque también es posible que simplemente padezca el síndrome de Torrero, otro de los pacientes goodfellowianos que no siempre distingue realidad de invención y al que creo han recetado no sé qué grageas, en dosis concentradas y salvíficas, de, en sus propias palabras, «ficción para poder tolerar la prosa de los días».

Al final, ya estáis viendo, todo se reduce a problemas digestivos. Si no es el gluten, es la lactosa; si no, la rutina, que se impone como un Sísifo vulgarote y nada heroico que te deja desganado y tan falto de apetito sexual que ni San Juan de la Cruz (parece ser que a otro paciente, un tal Valderrama, el doctor le receta su lectura iluminadora y menos mística) puede devolverte el entusiasmo.

Pero me desvío del tema y aún estoy ante la fachada imaginando vecinos y sordideces sin pulsar el botón de ese galeno de apellido amistoso cuando se abre la puerta y asoma otra cara conocida, en este caso recitando algo en una lengua que detecto germánica aunque quién sabe. Gozo de buen oído, pero lo reservo para el bel canto matinal. Miriam Palma me da la bienvenida y me dice que qué bien que me haya animado a venir, que voy a alegrarme mucho, que con el doctor se puede hablar de cualquier cosa, incluso de lo más inconveniente, de literatura y antiliteratura, de los escritores endiosados a los que hay que aplaudir pero qué pereza, de los libros que todo el mundo alaba y a ti te han aburrido más que una película de Zeffirelli, de la poesía sin alma y de los poetas desalmados, de las reseñas fútiles, del amaño de premios... En fin, tras aquella carta de presentación, me despedí con un auf wiedersehen que sonó más bien al nombre de un plato tirolés y emprendí el ascenso entusiasmada, y subí tan alto, tan alto que le di a la casa alcance.

Entonces se me planteó un problemilla. Ante mí había dos puertas, y en ninguna ponía el apellido de su ocupante. Tendría que volver a mirar en los buzones a ver a quién correspondía cada cual. Pero entonces, en un rapto de inspiración inaudito, pensé en la importancia del azar, en Borges y en Paul Auster (uf, su último libro, resoplé, qué buen tema para tratar con el doctor), y dije ancha es Castilla y llamé donde me dio la gana.

Al poco apareció una mujer enrulada que bien podía ser la suegra de alguien y le pregunté todo lo amablemente que puede: «¿El doctor Goodfellow?». La señora no dio muestras de entenderme, pero me hizo pasar con gesto resignado a una salita pequeña mientras espantaba de un zapatillazo a un gato rayado y feo que me dijo (sí, juro que habló) lascia questa casa prima che sia troppo tarde o algo por el estilo. En la habitación, frente a una mesa de camilla rameada, un hombre en camiseta descabezaba en un sillón orejero lo que debía entenderse como un buon pisolino napoletano, según colegí del almanaque con foto del Vesubio que presidía, torcido, la pared del fondo. Deduje también enseguida que, o bien era uno de esos pacientes empeñados en escribir a los dictados de la escritura automática y, abandonado al trance, empezaría de un momento a otro a balbucear incoherencias poéticas; o simplemente, en mi confusión puerteril, había acabado en los dominios de Enrico Zambianchi y Loredana Mauro, recién emigrados al edificio por serias amenazas de la Camorra; posibilidad que deseché al momento porque un perseguido, sea por la justicia o por organización criminal, no abriría la puerta a una desconocida tan alegremente.

Como lo de encontrarme ante un poeta neosurrealista me pareció aún peor opción, rechacé el ofrecimiento de sentarme y balbucí algo así como scusi, ho sbagliato alla porta. Pero, no sé si porque la redecilla le apretaba las orejas o porque mi italiano está más oxidado de la cuenta, ella se limitó a empujarme hacia un asiento y a sacar del aparador unos vasitos y una botella de limoncello amalfitano, y a continuación desapareció en la cocina para traer una bandeja rebosante de sfoglatelle enviadas por sua sorella desde la misma via Spaccanapoli, y luego, aunque yo intenté exponerle mis deseos de hablar sobre lo que allí me traía sin obtener respuesta alguna, se empeñó en que me quedara a cenar, que ya se había hecho tarde para ir sola por esos barrios de Dios o de mierda. Todo eso mientras se aprestaba a prepararme la habitación de invitados y cerraba la casa con siete llaves y yo, bajo los efectos del alcohol y la ilusión de compartir techo con el doctor, aunque separados por un tabique de panderete, sonreía con esa medio mueca que se les queda a los finalistas de un premio importante cuando los ganadores, conocidos y reconocidos, muestran su sorpresa ante el galardón concedido y etcétera, etcétera.

En resumidas cuentas, que todavía sigo aquí, en la casa contigua al doctor Goodfellow y resignada a mi suerte. Alguien, en sus propias ruinas circulares, debe estar soñando esto y, por lo visto, disfrutando tanto con mi desgracia que no tiene intención de despertarse. El hombre de la camiseta sé que no es, pues abre los ojos de vez en cuando y me pregunta en perfecto castellano de Valladolid si he leído a Elena Ferrante, y yo no me atrevo a darle mi opinión porque sé que no es la ortodoxa, y, en contrapartida, le recito a Góngora, que los clásicos son apuesta segura y, además, me sirven de consuelo. A estas alturas, y aunque algún incrédulo se empeñe en que esto que estoy relatando solo puede ser ficción, ya me veo por siempre en esta celda segismundina sin posibilidad de acudir a la consulta de ese psicoliterato que tanto bien podía hacerme. Porque lo que sí parece que queda claro es que yo, mala, no estoy, pero buena, tampoco.


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