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  • Dr. Goodfellow

A la posteridad por la puerta de atrás



¿Por qué escribimos? Puede que los elegidos para la gloria inmediata, aquellos que han podido rentabilizar las horas delante de una pantalla de ordenador, no tengan que hacerse esta pregunta. Es obvio que han hecho de la escritura su modus vivendi. Pero ¿qué pasa con esos otros que logramos publicar, las más de las veces en editoriales independientes con escasos recursos para hacer llegar al gran público sus apuestas, y vemos cómo nuestros libros envejecen apenas arrancan a caminar, ignorados por los medios, los lectores y, en ocasiones, hasta por los mismos editores que apostaron por ellos? ¿Qué nos impulsa a embarcarnos en la aventura de escribir una novela, un libro de relatos o un poemario que nos robará (si somos cuidadosos y exigentes con nuestro trabajo, que de todo hay) la mayor parte de nuestro tiempo libre los próximos dos años?

Dejando a un lado la literatura con vocación terapéutica, que invade cada vez más espacio en las librerías, en la que los autores nos narran, de forma directa o indirecta (ya saben, con su nombre y apellidos o disfrazados de personaje de ficción), su epopeya personal para superar la adicción, la depresión, la enfermedad o la diarrea mental, la respuesta más común será la de emular a Sísifo y engañar a la muerte. Cruzar, a través de nuestras obras, el umbral de la posteridad. A fin de cuentas, no faltan clavos ardiendo en la historia de la literatura que pueden servir de asidero a nuestra esperanza para pensar que, pese a ser ignorados por nuestros coetáneos, podremos ser rescatados del olvido por generaciones posteriores, más preparadas para entender nuestro mensaje. Ahí tienen a Franz Kafka o a Emily Dickinson, por citar sólo un par de ejemplos. Con la vana esperanza de emularlos, nos esforzamos en buscar modos nuevos de contar, en cuidar la elección de la palabra adecuada en cada momento, en renovar nuestro compromiso irrenunciable, casi religioso, con la literatura y con la calidad cada vez que nos lanzamos a la elaboración de un nuevo texto.

¿Y si os digo que probablemente estemos equivocados en nuestra apuesta por la excelencia como método para sortear el olvido? Sopesémoslo fríamente. En el mundo hay miles, decenas de miles, tal vez cientos de miles de personas que, como nosotros, introducen su mensaje en una botella en forma de libro y lo lanzan al mar de los siglos con la esperanza de que la calidad o la originalidad de su trabajo llame la atención de algún náufrago al otro lado del océano temporal. Demasiada competencia en una oposición tan dura. Sobre todo si tenemos en cuenta que quizás haya un modo más fácil y cómodo de pasar a la posteridad si elegimos el camino inverso. Es decir, si apostamos por escribir tan mal que sea imposible encontrar algo semejante entre nuestros coetáneos. Esto mismo hicieron, consciente o inconscientemente, nuestros dos próximos protagonistas.

William Topaz Mc Gonagall es todavía hoy recordado en la localidad escocesa de Dundee por ser considerado el peor poeta en lengua inglesa de la historia. Tejedor de profesión, vio cómo la Revolución Industrial dejaba obsoleta su carrera profesional y se lanzó a la aventura del arte. Tras terminar su primer poema, An address to the Rev. George Gilfillan, tuvo la osadía de afirmar que Shakespeare nunca había escrito algo semejante. No le faltaba razón. Ni esforzándose lo habría conseguido. Incapaz para la metáfora y las reglas de la métrica, este otro William basaba toda su obra poética en la creencia de que los versos necesitaban rimar, pero que con eso bastaba. Dedicado en exclusiva a la poesía, mantuvo a duras penas a su familia malvendiendo sus obras en la calle y ofreciendo recitales basados en la burla a su persona. Organizó un espectáculo en una especie de circo local en el que cobraba quince chelines cada noche a todos los que quisieran lanzarle comida en mal estado mientras recitaba hasta que las autoridades locales decidieron prohibir el espectáculo por considerarlo estridente y de mal gusto. En respuesta, él compuso un poema que envió a los magistrados quejándose y solicitando que le permitieran continuar leyendo para su público. Como tantos grandes poetas malditos que mueren en la pobreza antes de ser reconocidos, también él acabó muriendo en la indigencia tras pasar sus últimos años en Edimburgo viviendo de la caridad.

Otro ejemplo de esa extraña unión de mala literatura y fama atemporal, aunque en este caso no acompañada de la pobreza, es el de la irlandesa Amanda Mac Kittnick Ros, convertida en leyenda al ser considerada la peor novelista de la historia. Inició su carrera literaria gracias a su marido, al que no se le ocurrió mejor regalo por su décimo aniversario de boda que financiarle la publicación de Irene Iddlesleigh, una novela romántica de estilo barroco, llena de enredos amorosos, finales trágicos, tramas carentes de lógica y frases sin sentido. Amanda parecía tener una extraña fobia a llamar a las cosas por su nombre, por lo que empleaba extrañas metáforas para mencionar cosas tan normales como los ojos, que se convertían en sus libros en «globos de luz» o «bolas de pena», o hasta los sencillos pantalones, a los que se refería como «indumentaria inferior necesaria». Inasequible al desaliento y a las malas críticas, que recibió de gente tan principal como Aldous Huxley o Northop Frye, publicó dos novelas más, Delina Delaney y Helen Huddleson. Ya en su tiempo se convirtió en una escritora de culto, pues su mala fama la hizo merecedora de un seguimiento que habrían querido para sí algunos escritores profesionales. En Londres, se celebraban fiestas dedicadas a sus libros, en las que los participantes se disfrazaban de sus personajes y se empeñaban en la difícil tarea de hablar como ellos. Por no mencionar el hecho de que el grupo literario The Inklings, del que formaban parte J.R.R. Tolkien y C.S. Lewis, convocaba concursos en los que ganaba aquel que era capaz de leer sus novelas en voz alta sin sucumbir a la risa floja. Hoy sus obras son piezas codiciadas por los coleccionistas.

Lo reconozco, de un tiempo a esta parte, cada vez que me empeño en revisar mis textos y en corregir sobre lo corregido, no puedo evitar pensar en William Topaz Mc Gonagall y Amanda Mc Kittnick Ros y preguntarme si no sería mejor, y sobre todo más fácil, pasar a la historia como el peor escritor de mi tiempo. Esfuerzos me iba a ahorrar, desde luego. Eso sí, si bien es cierto que, como han demostrado ellos, para pasar a la posteridad no es imprescindible escribir bien, sí que es absolutamente necesario morir en el intento. Y eso, por ahora, no entra en mis planes.


Manuel Valderrama Donaire

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